LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

LOS ÁRBOLES

Hay árboles que no dan sombra en verano y donde no se posa nunca un pájaro.

Crecen en cualquier parque de la ciudad y se levantan esqueléticos y sin hojas, como altos fantasmas que tiemblan con el viento de la mañana o de la noche.

El alma de madera de esos árboles únicamente sirve para horcas, incendios, potros de tortura o ataúdes.

No florecen, no dan fruto ni belleza al amanecer.

Mirarlos fijamente es acercarse a un abismo de melancolía.

Dueños de una naturaleza ajena a nuestro mundo, parecen nacidos de semillas caídas de negros cielos y monstruosas constelaciones, infinitamente lejanas al sol que conocemos, desde universos donde la maldad es el átomo mismo.

Por las raíces de esos cadavéricos árboles desciende una savia venenosa, lívida y espesa que alimenta a los muertos del subsuelo, que esperan atentos la llamada de los astros, los antiguos astros, para abrirse paso a zarpazos hasta la superficie, como ratas hambrientas de un nuevo mundo.

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