LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

MI HIJA

Por las mañanas peino sus cabellos transparentes haciéndole trenzas que parecen aire, mientras la siento sobre mis piernas con su peso ingrávido.

Le hablo maravillas del sol dorado que se levanta sobre las montañas verdes de Cundinamarca, de las casas de ladrillos naranja y techos de tejas negras que rodean el parque de árboles cafés.

Por sus ojos transparentes y de párpados eternamente abiertos no entran los colores, y ella me responde alborozada con palabras que están en la frecuencia del silencio.

Me conmueve y la abrazo sintiendo los latidos de su corazón hecho de viento.

Cuando regresa la noche, la llevo de su mano de niebla hasta nuestro hogar en las afueras del pueblo.

Le doy un beso de buenas noches en su frente que es como un espejo muerto, mientras la cubro con una larga sábana que a, medida que baja, delinea su rostro y su cuerpo de niña de cinco años.

La dejo vagar libre entre las habitaciones y el patio, como si fuera el silencioso fantasma de un gato.

No se escucha ni se siente.

Cuando se duerme, encuentro la sábana arrojada y vacía de ella en cualquier lugar.

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