LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

UN HORLA

(En recuerdo de Guy de Maupassant)

 

Cuando llegué a la frontera hacia el Brasil, los tukanos me hablaron con mucha seriedad que los rondaban demonios engendrados por Los De Afuera y durante el día eran casi invisibles, que apenas los delataban los gritos de los loros y las guacamayas.

Algunos pescadores habían visto el contorno de su feroz anatomía cuando caía la lluvia tropical o se levantaba una ventisca de arena de río, porque aquella especie acechaba las orillas del río Vaupés.

Todos concordaban que esos engendros eran como enormes tiburones de cuatro patas con garras de reptil y caminan de forma simiesca oliendo la sangre, mientras agitaban una pequeña cola de cocodrilo.

Nunca creí en esa leyenda local, hasta que una tarde vimos a un niño correr despavorido de la selva hacia el pueblo y luego casi encima suyo ahogando sus gritos vino una explosión de sonido como de cientos de colmillos chocando entre sí.

El torso sangriento y sus piernas alcanzaron a correr un par de metros más, como si fuera una gallina recién decapitada.

 

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