LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

V

EL SUEÑO DE LOS PARRICIDAS

Cada tantos días, el colérico hombre grita a cualquier de sus dos hijos, azota la puerta con fuerza para que nadie dude que él es la autoridad en casa y en las noches, fiel a su ego, sueña que es un león que corre feroz en la sabana.

Cada tantos días, el hijo mayor o el menor se descubren detestando a su colérico padre, encerrados en sus cuartos y con la música a todo volumen y en las noches, fieles a su odio, sueñan que son cazadores que avanzan implacables en la sabana tras la piel de un león.

 

EL OSCURO ARTE DE LA SERENIDAD

En la oscuridad de un apartamento vacío, un monje budista está sentado con la serenidad de una flor de loto, mientras con su respiración profunda se sintoniza con el silencio del universo y su tiempo cósmico. Alrededor suyo avanza un creciente manantial de sangre que desciende de su rostro vacío y su cuerpo desnudo hasta las vasijas de barro en donde reposan sus sangrientas ofrendas. En el primero está su lengua, que confunde y miente, porque todo lenguaje busca sobreponerse a la realidad misma. En el segundo, sus globos oculares que están cegados de nacimiento al mundo espiritual y sólo conocen de formas y apariencias. En el tercero están sus genitales, que con su placer individual distraen del pensamiento puro y el amor colectivo. Y en el cuarto, los pulpejos con sus huellas digitales que ilusionan sobre una identidad y un “yo” que jamás existe. Unidos con su serena respiración, un par de demonios tocan suavemente con sus zarpas unas largas flautas japonesas.

 

EL APRENDIZ DE BRUJO

Bajo la sombra de un alto olmo de un solitario patio escolar, se agacha un niño de ropas anticuadas y unos diez años para recoger un pájaro muerto a pedradas. Parece una mirla o una torcaza. Casi más con curiosidad académica que con piedad humana, el aprendiz acerca ese retorcido amasijo de plumas negras a su boca para susurrar una palabra. O tal vez dos. Desde sus manos cóncavas, el pájaro abre sus ojos con asombro, extiende sus alas y continúa su vuelo, como si la muerte fuera apenas una siesta bajo el sol.

 

LA SUERTE DEL AHORCADO

Como si fuera un péndulo, los niños más altos de un pueblo abandonado de los Llanos Orientales empujan de un lado al otro al ahorcado fresco de turno, de izquierda a derecha, de atrás hacia adelante, dejando que las monedas de distintas denominaciones con que habían llenado los bolsillos casi rotos de la chaqueta y el pantalón del muerto, caigan como una lluvia y en desorden sobre la hierba del patíbulo, donde los pequeños las recogen y anotan cábalas con esos números en las hojas rayadas de sus cuadernos escolares. Con esas combinaciones de números juegan y apuestan en la lotería. Casi siempre ganan, como si Satán desde la inmensidad velara por los dulces de sus nietos.

 

LA CEREMONIA DEL BOSQUE

Equidistantes entre sí como una estrella pentagonal, cinco mujeres jóvenes ataviadas con sus pesadas ropas y morrales de acampar, llevan horas sentadas al estilo buda frente a un oscuro bosque de pinos en lo más profundo del Neusa. Desde lejos se siente el sereno golpeteo del agua del lago contra los embarcaderos de madera y en lo alto las estrellas titilan ferozmente entre la niebla de la helada noche. Al fin desde los pinos se escucha una voz en arameo exigiendo algo con la autoridad de un rey. La escogida se levanta sorprendida, deja su morral mientras las demás la aplauden alborozadas. Camina a pasos largos hacia el bosque donde la aguarda su antiguo dios. Al cabo de unos instantes, las demás correligionarias escuchan con envidia el sonido de un alma liberándose, que se parece mucho al de unos huesos cuando se quiebran.

 

LAS BRUJAS EN LA CIUDAD

Pobre muchacha. Cada vez que se acerca un parcial siente que el estómago la mata a patadas y la garganta se le hace un nudo de insoportables cosquillas. Finalmente termina vomitando, entre aterrorizada y asqueada, un espeso río negro de agujas, orugas y uñas rotas. Con los ojos rojos y llorosos mira la noche sin saber qué le sucede. No se imagina que, al otro lado de Bogotá, sus compañeras de universidad se doblan de risa, tomando té y fumando en un pequeño apartamento, mientras clavan agujas, esparcen tierra de cementerio y vierten sangre de sapo sobre una foto suya bajada de Instagram o Facebook.

 

LAS BRUJAS EN LOS LLANOS

Temiendo por su vida y la de sus nietos, una mujer anciana apaga con un chasquido la luz de la veladora, mientras los abraza y se acomoda en silencio en una poltrona de la casona que habitan. Aguza todos sus sentidos como si temiera una amenaza invisible. Temblando así, escucha el rasguñar de las patas afiladas de las brujas arrastrándose como inmensas mariposas chapoleras sobre el tejado de su casa, olfateando con fuerza el olor de los corazones de sus nietos, rojos y dulces como manzanas de verano, mientras se relamen el rostro carnicero con esas dobles-lenguas que agitan membrudas hacia la luna llena.

 

LA EPIFANÍA DE LA SANGRE

Sobre la peluda piel de una oveja destrozada y tumbada de lado, se levanta la cara rota y ensangrentada del esquelético vampiro que la ha estado devorando. Hay algo en el sabor de la sangre que le hace recordar con verdadero dolor físico cierto dulce de la infancia cuando estaba vivo, conectándolo con una constelación de la memoria: una pelota de colores, una maleta de cuero con algunas letras, un zaguán lleno de hortalizas y la voz de una mujer que lo llama en la distancia. Pronto la epifanía se diluye en su cerebro muerto con la velocidad de un relámpago desapareciendo en la oscuridad, la niebla sigue bajando entre los bosques de pinos de Boyacá y el monstruo sigue devorando a su oveja muerta.

 

LOS ESPEJOS

En ese espejo habita algo malvado y tan antiguo que no es humano. Cada mañana se despierta para deformar la cara de la adolescente que detiene la mirada en su cristal, como masacrando la greda entre sus dedos. Desde el espejo le susurra palabras obscenas y amargas, compara su carne con la de sus amigas y reduce sus amaneceres a ceniza. Cuando al fin, la niña llora toda su miseria contra el espejo, ese viejo demonio bebe sediento sus lágrimas calientes, como un corrompido buey abrevando en el fangal.

 

LAS 50 MONEDAS DEL BARQUERO

Es de noche en Villa de Leyva, y en un pequeño patio colonial adornado de coloridos cortinajes, con tapetes y cojines de la India, están sentados un par de demonios tocando con sus largas uñas las cuerdas del sitar y el laúd, mientras otro golpea las tablas que resuenan como imponentes latidos en las humildes paredes. Un criado ataviado de ropas púrpura y dorada, sirve té con cianuro en pequeñas copas que beben unos veinticinco hombres y mujeres de todas las edades y rangos sociales, sentados como budas en el patio. Pasan el veneno por sus gargantas mientras siguen aplaudiendo al ritmo de la vertiginosa música. Obedientes al llamado del cencerro, todos se acuestan sonrientes con los brazos abiertos y sus piernas cerradas, como si fueran cruces humanas, mientras el criado cubre uno a uno sus párpados con pesadas monedas de oro que saca de una oscura bolsa de cuero. En los últimos espasmos de la agonía, los asistidos a curarse del dolor de la vida, de las jornadas interminables y de la monotonía de la felicidad o de la tristeza misma, abren su boca levemente, dejando que sus almas se levanten liberadas como una suave neblina, al compás de los golpes del tambor que toca un demonio de ojos soñolientos.

 

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