LÁZARO

Capítulo 1

24 de marzo de 1953, Corea

 

– “Lanza”, tenga fe, piense en su familia, su viejecita, sus hijos…!no vaya a hacer eso…

Nunca pude terminar la frase a mi amigo. Mi compañero, mi “lanza” Jimenez acababa de jalar el gatillo de su fusil automático contra su cabeza, proyectando una escandalosa lluvia de sangre negra y pedazos de cráneo enredados en pelo, como cuando un rojo panal de abejas estalla furiosamente desde adentro, mezclándose con el espeso humo blanco que envolvía toda la trinchera, haciéndola ver casi infinita y aún más aterradora. Recostado contra la pared de la trinchera su cadáver casi sin cabeza todavía temblaba por el impacto del disparo, aun conservando el fusil apretado entre sus rodillas. Todavía miraba a través de sus ojos reventados desde el interior de su cráneo al cielo extranjero y atroz donde nos hallábamos: la Corea de 1953, frente a las escarpadas y heladas montañas de Old Baldy. El cadáver de mi amigo se sumaba a las decenas de cuerpos mutilados de la trinchera en que nos ocultábamos. Ni siquiera sentíamos el olor de la mortecina por la intensidad del gas mostaza que disparábamos contra los nidos de ametralladoras del despiadado ejército Chino que defendía sin parar Old Baldy. Ni siquiera escuchábamos el constante mordisqueo de las enormes y voraces ratas del Oriente devorando los cadáveres de nuestros compañeros, llenándolos de huecos como madrigueras desde sus bocas reventadas en sangre y lodo hasta sus estómagos sin entrañas. Ni siquiera sentíamos nuestro corazón temblando a punto de ser despedazado por las balas, como un pájaro a punto de morir en pleno vuelo. El ruido metálico de las ametralladoras no cesa un segundo sobre nuestras cabezas, como un enloquecedor piano interpretando una pieza de Chopin a velocidades de vértigo, que en cada nota, que en cada fusa, arranca dolorosamente el alarido de un condenado.

– !Alisten morteros treinta y dos grados hacia el norte!

Dos años en el infierno. Llevábamos dos años con el Batallón Colombia, bajo las órdenes del Comandante Polanía y la dirección del Comandante Peabody, desde 1951 cuando el gobierno nos regaló a morir en una guerra totalmente ajena a Colombia, para tener una cortesía con las Naciones Unidas. Dos años portando uniformes norteamericanos y sin hablar una sola palabra en inglés y menos en coreano. Dos años lejos de nuestra patria cada vez más lejana, desde que nos trajeron a morir aquí en el Almirante Padilla, cruzando mares más negros y profundos que el averno. Más de seiscientos combates y ahora estábamos frente al Old Baldy, el cerro crucial para definir la guerra con Corea, un país del cual no conocíamos absolutamente nada, no sentíamos ningún odio hacia ellos y al que nos habían arrojado como máquinas de guerra, a matar o morir para salir de este infierno de palabras incomprendidas y cielos extraños.

– !Fuegoooooooooooo!!!!!!!!!!!!!

El disparo de los morteros contra los nidos de ametralladoras. Los tímpanos quedan dormidos por un instante y el olor es amargo, entra por las fosas nasales casi hirviendo y baja dolorosamente por la garganta y se hunde quemando las paredes de los pulmones, para hacer de cada respiración una tortura. Escuchamos el silbido de los proyectiles ascendiendo brutales contra los nidos de las ametralladoras. También escuchamos el grito de dolor de los soldados chinos despedazados por los proyectiles explotando entre sus guarniciones, nos imaginamos sus cuerpos perforados por miles de balines y escombros. Ligeramente sonreímos. Su dolor nos alivia y nos da un minuto de espacio para saltar sobre nuestra trinchera…

– !Rápido! Avancen contra ellos antes de que recarguen!!!

La recarga es más rápida de lo que imaginamos. No bien hemos saltado la trinchera y nos hundimos en el espeso lodo, lleno de piedras corto punzantes y una vegetación malsana y corrupta, cuando sentimos de nuevo las ametralladoras disparando sobre nuestras cabezas…

– !Todos en arrastre bajo!

Grita el sargento primero por el megáfono. Es casi la única voz que realmente escuchamos, como una conciencia alterna que nos hace actuar como un equipo completo. De un modo u otro, somos uno, un solo organismo luchando por sobrevivir. Los miserables chinos han cercado con retorcidas alambradas de púas toda la falda del Old Baldy. Muchos tramos de la alambrada están cubiertos con excrementos para que si alguien se corta, la infección sea inmediata y remate en una amputación o un envenenamiento. Ya eso no nos importa. Uno de mis compañeros me grita…

– !”Lanza”!, !”lanza”!, !Me engarcé, me engarcé el estómago en esta puta alambrada!, !Ayúdeme!, !Tíreme las tenazas!

– !Rodríguez! !!!Lárguese de ahí!!!

Es mi única respuesta. No tengo tenazas a la mano, pero veo como los disparos de una ametralladora lo están cercando cada vez más. El desespero aumenta. Como un animal tratando de librarse de la trampa que lo destroza, mi “lanza” Rodríguez jala su propio cuerpo en un esfuerzo sobrehumano, tratando de zafarse de un golpe seco de la alambrada de púas enredada en su estómago por el arrastre bajo. Como un nadador levanta su abdomen y pecho haciendo fuerza sobre sus brazos, dejando en un grito brutal a la vez que toda la guerrera de su uniforme en la alambrada, también la piel rota de su pecho, quedando abierto su estómago por un instante rojo oscuro y luego negro por el lodo. Se arrastra gimiendo y llorando, mientras sostiene sus intestinos como el más preciado oro, como una vasija de agua a punto de reventarse en cualquier instante, buscando refugio tras unas plantas. Nunca más volví a ver a mi lancero Rodríguez. Ya esa sola tarde llevábamos más de cien muertos colombianos, sin contar a los gringos y a los de otros países como Puerto Rico o Venezuela que también los habían regalado como carne de cañón al Imperio Norteamericano.

– “Colombianos, ¿ustedes qué hacen acá? Vinieron a matarnos, vinieron a ayudarle al imperialismo yanqui. Nosotros no somos sus enemigos, ustedes son de un país muy lejano, ¿por qué están aquí asesinándonos?”

Nos hablaban los chinos desde alto-parlantes en un extraño español, para disuadirnos de nuestra posición. Sin embargo, tenían toda la razón, ¿qué hacíamos aquí, nosotros, campesinos, zambos, mestizos, negros, pobres, arrastrados, disparando contra una gente amarilla, igual de pobre que nosotros y que jamás habíamos visto nunca?, ¿qué hacíamos aquí cuando combatiendo, cuando teníamos en casa nuestros propios problemas con un país fraccionado por la guerra civil en que vivimos?, ¿qué carajo hacemos disfrazados de norteamericanos, muriendo en un mundo viejo?

– “Colombianos, ¿ustedes qué hacen acá? Vinieron a matarnos, vinieron a ayudarle al imperialismo yanqui. Nosotros no somos sus enemigos, ustedes son de un país muy lejano, ¿por qué están aquí asesinándonos?”

Repetía el alto-parlante. Pero sólo podíamos tener una única respuesta: disparar más duro. Ya estábamos a escasos cien metros de coronar el monte Old Baldy y reventar los últimos nidos de ametralladoras, que no paraban un sólo instante de dispararnos. Eso no se olvida. Y otra vez…

– !Alisten morteros cuarenta y cinco grados hacia el norte!

Apuntar bien no es sólo recargar los morteros de pólvora, sino también el alma de todo el odio acumulado. Es preciso recordar a mis compañeros torturados en esos escondites subterráneos de los chinos, sentados en butacas y con las manos amarradas en la espalda, con un bombillo titilando encima y un torturador de inframundo pronunciando palabras en un idioma imposible. Abriendo a la fuerza las manos de los soldados presos para introducirles agujas de bambú lentamente bajo las uñas, haciéndolas moradas por la sangre, y a pesar de los gritos, seguirlas hundiendo en la carne de los dedos, hasta verse por encima de las falanges, y viendo como los presos tiemplan su cuello para gritar, gritar todo ese miedo de estar siendo torturados en un escondite bajo tierra, en un país apenas visitado en sueños o pesadillas. A veces el torturador retira las agujas de bambú de un sólo golpe, para ponerles agua fría con una dura esponja en la cara, y que despierten. No, no tienen derecho al cansancio. Deben caminar lúcidos hacia el destello final de la muerte y el dolor. Mis compañeros debieron gritar piedad mil veces y no les habrá interesado una sola vez. Ahora seguramente venían las tenazas. Otro torturador le daba al preso un rodillazo en las vértebras para hacerle gritar y en ese momento, le abría con furia la boca, mientras el otro, el primer torturador, le introducía las tenazas infectadas a sangre podrida, buscando los dientes en su boca, como un buzo buscando perlas. Y así atenazaba un diente o una muela, primero aflojándola en movimientos torpes y secos, de un lado hacia otro. Las lágrimas corren por las mejillas del mártir, de cualquiera de mis amigos presos por el ejército chino, mezclándose con el lodo. Hace gestos de que esto no es humano, de que esto no es de Dios. Sin embargo, el torturador empuña las tenazas con fuerza y arranca de un golpe brutal el diente ensangrentado, dejando la encía hueca como una madriguera donde ya únicamente habita la muerte y la enfermedad. Los gritos bajo la tierra no se escuchan en la superficie. Y así, uno a uno, les arrancarían todas las piezas molares, hasta vaciarles la boca. A veces nos entregaban nuestros muertos con los ojos sacados por la hoja de la bayoneta, y enredados en las empalizadas junto a las orillas de los pantanos de estas montañas. Nuestros muertos se pagan con sus vidas…

– !Fuegoooooooooooo!!!!!!!!!!!!!

Otra vez el silbido, la explosión y el grito, como una sola frase articulada de horror. Y nuevamente a correr sobre la alambrada entre la humareda, siempre en zig zag y con la cabeza baja, con el fusil hacia el frente y empuñada la hoja de la bayoneta. Treinta metros del nido de las ametralladoras, que empiezan a recargar municiones y a recuperarse en segundos de la explosión del mortero. Cada vez corremos más rápido y casi a zancadas monte arriba. No importa el lodo. No importa la lluvia. Tampoco las balas que ya empiezan a sonar casi directamente contra nuestros cuerpos. Veinte metros más. Escucho el grito de espanto de mis compañeros cuando las balas les atraviesan el pecho, el estómago, la cara, las manos, las rodillas, como una lluvia destrozando una figura de papel. La lluvia se mezcla con la sangre y el lodo, como un solo fluido que escurriera desde la frente y desde las entrañas. Los soldados caen en posición fetal, como regresando a un inmenso útero encharcado de negras y largas vísceras, donde nuestro cordón umbilical con el resto del universo fuera el alambre de púas que nos sostiene como frutos secos. Las manos apretadas para olvidar el dolor, los dientes que rechinan unos sobre otros, y la garganta que se va haciendo seca como un desierto, porque el alma va abandonando el mapa de venas que la nutrían como los ríos al mar. El alma, esa telaraña blanca y frágil, que se va desprendiendo de la carne en un largo adiós, emprendiendo la senda más oscura, también llena de nuevas empalizadas y peores alambradas. Cinco metros. Veo sus rostros. Oigo sus voces imposibles:

– !!!!이들 개의 킬!!!! !!! 이러한 비참한 개 죽이!!!!!!

Una cosa es disparar en la distancia, y otra es tenerlos de frente. En la distancia nos vemos distintos, ellos y nosotros. A metros los veo con miedo y horror, igual que nosotros. Temblando por perder su vida y dejar a sus familias abandonadas en un caos mundial que tampoco comprenden, igual que nosotros. Con sus bocas paralizadas de miedo y también de furia ante nuestras bayonetas empotradas en sangre, igual que nosotros. Con los ojos estáticos y llorosos, como planetas suspendidos ante el cataclismo, porque ante la muerte, todos somos iguales e ingresamos desnudos, descalzos y con nuestra carne hecha harapos y jirones. Saltamos como buitres con las alas abiertas sobre el nido de los soldados chinos que ya sentían inútiles sus ametralladoras, y debían hacer uso de las bayonetas, los sables y las pistolas automáticas. A los primeros les disparamos directo a la cara, como dejándolos suspendidos en una eterna mueca. Apenas ingresamos a la trinchera del enemigo, la lluvia se hace más fuerte. Caen las gotas de agua pesadas contra nuestras caras. Sólo los gritos nos distinguen a unos de otros. Detrás de mí caen algunos de mis compañeros. Ya esta lucha cuerpo a cuerpo es un perfecto desorden de disparos al aire, de puñaladas traperas, de golpes de culata directo a la cara, de cabezas reventadas contra las paredes de la trinchera, de gargantas cortadas de un solo tajo y un chasquido sangriento que se pierde en la humareda, los alaridos en distintos idiomas como una Torre de Babel del horror, donde el sufrimiento y la sangre se elevan al cielo.

– Ya está bajando la lluvia, mi teniente…………

El silencio corona nuestra victoria. Nos tomó diez horas tomar Old Baldy y más de ciento cuarenta muertos. Miramos hacia abajo la trocha recorrida desde la falda del monte hasta la cima y únicamente cabe pensar en un largo, largo reguero de cadáveres de todos los colores, unos enredados en las alambradas desgarrándose por salir de ellas, otros escondidos entre las plantas con sus cabezas abiertas, muchos con los fusiles todavía sin disparar como extraños insectos con los ojos abiertos y suspendidos en una gota de ámbar, y como en un raro cuadro del diluvio universal, todos intentando alcanzar con sus brazos estirados la anhelada superficie de la gloria. El olor a chamusquina, a muerte, a putrefacción se confunde con la humareda de la pólvora de los morteros y las granadas. La lluvia va bajando en su intensidad, dejando ver con claridad los rostros de los muertos. Definitivamente, ante la muerte, todos somos iguales e ingresamos desnudos, descalzos y con nuestra carne hecha harapos y jirones.

Celebramos nuestra triste victoria del Old Baldy clavando en la tierra con latas de cerveza y gaseosa un gigantesco y pintoresco letrero: “Batallón Colombia”. Esa iba a ser nuestra mejor medalla. Esas latas enterradas valen oro porque ahí está la sangre de mis hermanos. Ya de ahí en adelante, sólo era dejar a los gringos con su maldito monte recién tomado, y nosotros debíamos bajar al campamento. Eso era todo lo que teníamos que hacer…Sin embargo, lo peor estaba por venir en los próximos días…

Desde la cumbre del Old Baldy veíamos las demás montañas grises y pardas de Corea, afiladas y monumentales contra un cielo que sentíamos profundamente antiguo, y recordábamos las montañas de nuestra patria, de las lejanas Antioquia, Boyacá, Santander, Cundinamarca y Huila, que con el atardecer también se hacen enormes y adustas como gigantes en un eterno sueño.

– Mi capitán Valencia, permiso para bajar al campamento por víveres y municiones.

– Concedido, teniente Aguirre, tome a diez “lanzas” suyos y descienda a discreción. Ojo, tenga cuidado con fuerzas enemigas. Tome una ruta distinta a la de subida, por precaución y para explorar el costado occidental de la montaña.

Así llamé, entonces, a mis “lanzas”, al cabo Ramírez, que era traductor y sabía muchos idiomas, entre ellos el inglés y el coreano, era el único culto del grupo y el que leía libros y hablaba de películas, él vivía en Bogotá y dictaba clases en un colegio de La Candelaria. Los demás, el sargento Rojas y los soldados rasos García, Restrepo, Sandoval, Carrillo, Bravo y Salazar, a duras penas habíamos llegado a la primaria y todos éramos de distintas partes del campo, de Boyacá, de Santander y del Huila, antes que ingresáramos al ejército. Mi cabito Ramírez era quien nos explicaba las carajadas que decían los gringos y lo que nos gritaban los chinos. Era nuestro punto de contacto con este mundo ajeno al cual nos habían arrojado a dar guerra.

Apuramos un par de latas de sopa y frijoles en la cumbre de Old Baldy, y así descendimos por el costado occidental que por su elevada y arisca vegetación, la creíamos libres de minas y de alambradas. Era nuestro mejor camino de llegar al campamento base a casi cincuenta kilómetros de donde nos encontrábamos, abriendo trocha con nuestros machetes. Al fin y al cabo, éramos troperos y ese nuestro ambiente natural: el monte. Sin embargo al cabo de unos quinientos metros bajando por el costado de Old Baldy, ya habíamos perdido de vista a nuestros compañeros de combate que custodiaban el monte de una posible retaliación. No era tarde, tal vez las ocho de la noche, y ya la oscuridad regresaba a la montaña como un animal enseñoreándose de su territorio, haciendo la vegetación cada vez más tensa, más resistente al filo de nuestros machetes, que a cada golpe que le asestábamos, regresaba con más fuerza, como un latigazo contra nuestra cara y nuestros cuerpos.

Cuatro horas más tarde empezamos a sentir que el mapa y la brújula no nos daban las pistas adecuadas para regresar al campamento por la nueva ruta. Casi a las dos de la mañana, caminábamos entre los senderos de las montañas, sintiendo como los enormes y oscuros árboles de profundas raíces milenarias, anudaban sus largas ramas y estiraban los últimos chamizos, cubriendo la casi mínima luz de la luna. No nos atrevíamos a encender nuestras linternas por miedo a una emboscada del enemigo. Cada vez descendíamos más y más, y los datos de la linterna y el pobre mapa de regreso se hacían más inútiles, como una caligrafía de un planeta muerto. Nos mirábamos en silencio como indagando un sentimiento común que era difícil admitirlo: estábamos perdidos en un territorio nuevo. Estábamos caminando en raras elipses como sonámbulos en mitad de la alta vegetación de la montaña, con las botas a veces entre el lodo y otras sobre piedras afiladas como puñales. Sólo el sonido irritante de los grillos y los insectos nocturnos cortaba el silencio, hasta que…

– Mi teniente Aguirre, ¡bandidos a las 9!

Todos apuntamos nuestros fusiles en esa dirección, con el corazón helado de miedo, para ver una figura entre la vegetación. No dudamos en disparar y lo que fuera cayó fulminado. Nos ocultamos entre los árboles seguros de una emboscada. Así esperamos cinco, diez, quince minutos en silencio, mirando a doquier en la oscuridad. Finalmente me acerqué lentamente al cuerpo caído, sin dejar de apuntar y aguzando la vista. Suavemente lo empujé con mi bota para darle vuelta y reconocerlo…

– Qué mierda, era un niño campesino, de apenas unos nueve años… Qué carajo estaría haciendo a esta hora de la mañana aquí…

Tenía el pecho abierto por las balas y los brazos abiertos, dejando caer la madera recogida. Estaría recogiendo madera para venderla en el pueblo. Tenía el niño la boca abierta como en una fulminante sorpresa. Detrás de su espalda crecía un rojo círculo de sangre, cada vez mayor y menos intenso.

– ¿Lo enterramos, mi teniente?, ¿qué hacemos con esta vaina?

– Nada, mi cabo, ni mierda. Dejarlo ahí tendido. ¿Qué putas podemos hacer?

Ya en esta guerra éramos asesinos consumados y no íbamos a arriesgarnos a enterrar a un niño en mitad de una montaña de enemigos. Ya suficiente habían sido los disparos que delataban nuestra posición.

– Alejémonos todos ya. Pronto. De una. Ni una palabra al respecto, ¿ojo?

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