LÁZARO

Capítulo 10

– Don William, salgamos ya de este lugar…

– Vamos por el doctor, estamos más cerca de llegar al segundo piso por las escaleras auxiliares del fondo.

La tormenta trae la noche, y con la noche avanzan las pesadillas como peces sueltos en un agua oscura. La lluvia ha tomado un ritmo parejo, no cesa, tampoco aumenta. El gran asilo se ha llenado de sombras más grandes que cualquier miedo, que de vez en vez dejan ver a través de las ventanas y de los altos cipreses un relámpago en lo alto de las montañas, donde los campesinos e indígenas del altiplano rezan a sus dioses paganos por sus cosechas, ofrendándoles sangre fresca de gallinas y algunos otros animales, como regresando al pacto inicial de Caín y Abel: sangre derramada por mejores legumbres. El pasillo está casi totalmente a oscuras, descontando la mínima luz amarillenta como alas de zancudo que cae de las balas del techo contra las baldosas del suelo…

– ¿Y esas huellas…?

Miran el piso y está lleno de huellas de sangre seca de pies descalzos en total desorden, de un lado para otro y saliendo de la sala de la masacre de los ancianos de fonoterapia, así como las marcas de las tortugas recién salidas de los huevos buscando el mar.

– Don William, estas huellas van hacia la escalera auxiliar…

Enfocando su linterna hacia el fondo que da en unos cuarenta metros contra la entrada principal, para dar mayor realce a su triste respuesta…

– Y también van hacia dónde veníamos, doña Marina…

Detrás de ellos se escucha el zumbido insistente de las moscas de tierra fría atraídas en segundos por el olor apetitoso de la sangre derramada y la carne abierta. La boca y las manos de ambos tiemblan como un par de náufragos en un mar de irrealidad. Cualquier camino es tan fatal como el otro…

– ¿Qué hacemos, entonces? Toca ir por Gutiérrez y el doctor Ortiz… hace rato debimos haber regresado por ellos…

– Pero estamos más cerca de las escaleras auxiliares que de regresar a la recepción de la entrada y tomar las escaleras principales…

– Don William tenemos que irnos ya…

– Con Gutiérrez y el doctor Ortiz, además yo tengo las llaves de la camioneta.

Se siente en su convicción su marcado acento de Santander, como cuando alguien sabe lo que debe hacer y no está dispuesto a dar un paso atrás. William, después del robo y asesinato de sus padres en el centro de Bogotá, tuvo que hacerse cargo de su hermano menor, mientras hacía de taxista durante el día y de celador por la noche. No importaba cuanto trabajo fuera y a veces le temblaban los párpados de infinito cansancio durante sus turnos por la noche. Lo importante era sacar adelante a su hermano menor y no entregarlo al Instituto de Bienestar Familiar. Al comienzo las cosas no iban a ser nada fáciles para conseguir el suficiente dinero para pagar la pieza del inquilinato. William empezó a usar la ropa de su papá, un par de tallas mayor que él para ese entonces, para evitar el menor gasto posible. Al cabo de unos meses pudo enviar a su hermano a la escuela distrital más cercana con la esperanza de que levantara vuelo por sí mismo. Sin embargo cuando William perdió su trabajo como taxista, se vio obligado a trabajar en construcción, y casi al tiempo tomar a su hermano menor como asistente en cualquier obra, porque ya no había para la escuela. Era eso o trabajar vendiendo dulces en los semáforos. Esa era la determinación de don William de hacer las cosas a su modo siempre ante la adversidad.

– No doña Marina, vamos al segundo piso por acá, los recogemos y salimos todos por la camioneta y nos vamos de aquí.

– Haga lo que se le venga en gana, don William. Yo me largo ya.

– ¡Doña Marina, quédese conmigo!

El grito fue largo como intentando atrapar a la enfermera que corría despavorida a lo largo del oscuro pasillo, dejando escuchar sus pesados pasos que retumbaban de un modo espantoso en las paredes, mientras sostenía su enorme vientre que cada vez se hacía más y más pesado. Cuando alguien huye de verdadero pánico, parece nunca importarle si le escuchan o no. Don William la mira unos instantes mientras se pierde en la casi oscuridad del pasillo, avanzando entre las oficinas y cuartos medio abiertos, y queriendo llegar lo más pronto posible a la recepción. El hombre se persigna en su frente ante las huellas oscuras que conducen hacia el segundo piso. Piensa por un instante en seguir a la enfermera, pero prefiere seguir adelante. Las huellas son demasiadas. Debe haber al menos siete de esas cosas en cualquier lado… Murmura para sus adentros el salmo 91 para darse confianza, mientras avanza, creyendo que con su tenue salmodia aleja a los monstruos y a los demonios.

“Mi refugio y mi baluarte,

Mi Dios, en quien confío

Él te librará de la red del cazador

y de la peste perniciosa…”

Confía en su instinto, igual que un venado cuando escucha los aullidos de los lobos y los supone en otra parte del bosque. Así emprende este hombre el camino hacia las gradas que están al final del pasillo. Camina muy lentamente como si pisara vidrios, a veces sus pisadas coinciden fatalmente con las huellas sangrientas y desnudas. No quiere hacer ruido. Aguanta la respiración que se hace plomo en sus pulmones. Otra vez vuelve el zumbido en su cerebro y recuerda los cadáveres abiertos de par en par de los pacientes. Sigue con su salmodia entre dientes, mirando a cada lugar. Deteniéndose ante cada puerta abierta, como quien suspende su respiración ante un abismo que da hacia el infierno mismo…

“Te cubrirá con sus plumas,

Y hallarás un refugio bajo sus alas.

No temerás los terrores de la noche,

Ni la flecha que vuela de día,

Ni la peste que acecha en las tinieblas,

Ni la plaga que devasta a pleno sol…”

Como espantado de su propio destino, don William siente ese frío en el cerebro que nos dan los momentos de lucidez. Mira de reojo sus manos, aún completas, y no deja pensar en las manos amputadas y devoradas de los ancianos de la segunda sala. ¿Qué pasó con ellos?, ¿qué pasó con el mundo hoy?

“Aunque caigan mil a tu izquierda

Y diez mil a tu derecha,

Tú no serás alcanzado:

Su brazo es escudo y coraza…”

De cualquier modo, el mundo es una secuencia lineal. Incluso con sus guerras y enfermedades, pero una secuencia lineal. Y como en los códigos matemáticos, siempre hay cabida a lo imprevisto. Entonces, ¿qué pasaría si en un lugar del mundo se alterara esa secuencia? Si de la mañana al atardecer algo cambiara. Un simple detalle. Un regreso a la vida de algo que no debiera jamás volver. Un oscuro milagro en la materia inerte. Un sobresalto en la realidad. Un brinco en la lógica… Don William escucha un sonido en el pasillo detrás suyo a unos quince metros. Es un sonido fuerte y estruendoso cerca de la puerta de la sala de los malogrados pacientes de fonoterapia. Como si algo hubiera decidido irse detrás de él. Piensa que la enfermera cambió de opinión. O tal vez no. Podría esperarla y terminar de subir ambos las gradas y protegerse tras la pesada puerta metálica al final de las gradas antes de llegar al segundo piso…

– ¿Doña Marina?

Alguna vez todos ante un ruido en la soledad de nuestro hogar, hemos preguntado: ¿hay alguien allí? Y siempre que lo hacemos, tenemos la esperanza infantil que nadie nos responda.

– ¿Doña Marina?, ¿es usted?

Pero la respuesta lo dejó helado. Absolutamente frío. No fue ni siquiera una palabra. Fue un ruido. Parecía un graznido, una palabra dicha con dificultad. Casi un ladrido enfermo, como si a alguien le pesara la lengua de un modo aterrador, y le costara articular correctamente sus labios. Un triste remedo de la voz humana. La combinación de un gruñido con un quejido, como el dolor de constantemente estar muriéndose, mezclado con el impulso de sobrevivir a toda costa. Y no solo era aquél ruido. También lo era el de unos pies arrastrados y torpes, constantemente golpeándose de lado contra el suelo. Y el bamboleo hacia las paredes chocando estrepitosamente y casi rechinando contra el metal como de alguien absolutamente ebrio. Solamente se podía pensar en unas uñas largas y desfiguradas acercándose cada vez más. En menos de un minuto, don William había llegado corriendo hasta el final del pasillo a oscuras, y subido de dos en dos las largas escaleras auxiliares, apoyándose de las paredes con sus manos, sabiendo que su vida pendía de cualquier movimiento, hasta llegar a la puerta totalmente abierta de metal que conduce al corredor del segundo piso, sintiendo cada vez más cerca una fetidez indescriptible como de una plaga que se cernía encima suyo como sombra. Apenas atraviesa la puerta, la cierra de un golpe ensordecedor, asegurándola con el fuerte pasador. Cada vez los pasos torpes del perseguidor son más y más y más y más y más cercanos. Casi han llegado detrás de la puerta junto con él.

Don William no se atreve a continuar por el corredor del segundo piso. Está paralizado de miedo en el suelo mirando desde abajo el descolorido techo como un niño aterrorizado al fin. Abrazado con sus rodillas contra su pecho en una posición casi fetal. Parece que siempre que fuéramos a morir tomáramos esa posición, porque es el inicio del viaje. Hacia la luz. O hacia la oscuridad. No para de temblar y siente el golpeteo de sus rodillas una contra otra y apenas coordina el movimiento de sus manos sobre ellas. Caen gotas de sudor frío a lo largo de su nariz ancha. Más cuando siente que algo inmenso y putrefacto lo olfatea detrás de la puerta. Como un animal salvaje aplicando entero su hocico húmedo y babeante ante una madriguera. Aspirando con fuerza el aire para adivinar la posición de su presa, como embebiéndose de su miedo. Al cabo de unos minutos, únicamente se escucha el silencio y el corazón del hombre temblando entre su pecho, como un canario en su jaula a punto de ser devorado. Nada. Apenas silencio. Y su corazón. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio… Silencio… Silencio… Si…len…cio… … Si…len…cio…… Si…len…cio…S…i…l…e…n…c…i..o… ¿Está solo al fin? Todavía entumecido por el miedo, intenta levantarse para mirar por la rejilla de metal. Revisa todavía desde el suelo el pasador. Sin duda está protegido y nada va entrar a hacerle daño. Es apenas cuestión de mirar y ya, como quien se acaba de salvar de una muerte segura y desde la rejilla quiere saber los palmos que le ha ganado a la parca. Se levanta finalmente y acerca lentamente su frágil rostro a la rejilla. Todo está a oscuras, casi enteramente un cuadro negro donde apenas se adivinan los escalones recorridos. Al fin respira aliviado botando todo el aire impuro acumulado en sus pulmones y su tráquea… Pero no por mucho tiempo… Algo ve de repente y grita enloquecido y monótonamente, mientras retrocede velozmente contra la pared del corredor, ya sin importar el escándalo de dimensiones peligrosamente extravagantes que está armando…

– ¡Un ojo!, ¡Un ojo!, ¡Un ojo!, ¡Un ojo!, !Un ojo!

Desde la oscuridad se abre violentamente un párpado inmundo, aplicando su ojo blanco y venoso directamente contra la rejilla, figurándolo más grande y surcado de líneas verdes y pálidas, dejando ver su pupila desdibujada y gris, flotando sin brillo y desacompasada en el espeso humor vítreo de un ojo muerto, a escasos milímetros del ojo vivo y tembloroso de don William. Así le esperaba, silencioso y paciente, el monstruo tras la puerta de metal.

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