LÁZARO

Capítulo 11

Doña Marina camina entre las sombras del pasillo con el único objetivo de llegar a la entrada principal. Sus pensamientos son dispersos y se hacen más con la tormenta que va cesando y con ella los infinitos golpes sobre el techo. Sostiene con ambas manos su vientre con la fragilidad de quien camina con un cabo de vela en mitad de la noche y sabe que se puede apagar con el menor soplido. En su vientre lleva todo lo que puede interesarle en la vida, no importa si se ha de llamar Andrés o Natalia, y sabe que debe salir de ahí a como dé lugar. Casi sin saber por qué empieza a recordar su vida de cuando era más joven y estudiaba en los pasillos de la Manuela Beltrán, que es una universidad casi encumbrada en la montaña a la que toca subir en bus escolar desde la 57 en Chapinero, y en ese entonces vivía en la casa de sus papás, más allá de la Primera de Mayo. Es como si la tensión de los acontecimientos la obligara a enfocarse en lo único que importa: salvar la vida. Para ese entonces tendría unos veintisiete años y dentro del pensum de enfermería estaban las clases de inglés que iban desde el primer semestre hasta el último, y ella propiamente no era la mejor para ese idioma porque ni siquiera le gustaba la música anglo ni el cine americano, hasta cuando conoció a su profesor de idiomas. No fue un amor instantáneo ni mucho menos, a veces el verdadero amor se acerca a cuenta gotas como una lluvia que no se decide a tempestad y tampoco a escampar. Ella era una cachaca de padres costeños venidos a la capital y él, Mr. Petersen (como Marina siempre supo decirle entre cariño y respeto), era un nativo de Boston, amante de la literatura, que había decidido establecerse en Colombia por el amor cultural que tenía hacia las páginas de Gabriel García Márquez y quien llegó primero a vivir unos años en Cartagena, para leer allí en esas calles llenas de colorido, belleza y mar las páginas de El Amor en los Tiempos del Cólera y Cien Años de Soledad, quien luego se decidió a vivir definitivamente en La Candelaria, en el centro Bogotá porque sentía allí un punto intermedio entre su lejano Boston y su idealizada y literaria Cartagena, donde se mezcla la frialdad de la capital y el arte bohemio de la costa. Mientras Marina camina por el solitario pasillo, recuerda como en una secuencia de película muda la primera vez que su profesor Mr Petersen la invitó a tomar un café en el comedor de la universidad para conversar sobre cualquier tontería. Ella casi se muere de vergüenza ante la burla de sus compañeras, porque él ya era un hombre sin duda mayor, casi bordeando los cincuenta años, pero a la vez no le dejaba de causar simpatía y ternura la dificultad de su español en las “erres” y lo fácil que se sonrojaba cada vez que lo hacía. Casi solamente por no ofenderlo, le aceptó la invitación a un “cup of coffe” que con el pasar del tiempo se empezaría a hacer más seguido y natural, como el plan casi inmediato a la clase de dos horas de inglés durante el semestre. En últimas, el amor es una suma de muchas rutinas y de acuerdos tácitos. Marina encontraba en Mr Petersen a un hombre de mundo, valiente para su edad de mantenerse en sus sueños románticos de trabajar como un catedrático de idiomas, que vivía en su modesto apartamento de la Candelaria, y así nunca supo en qué momento su mano se encontró debajo de la suya, y sintiendo que los latidos de su corazón se hacían más intensos, como un dulce golpeteo que comienza insistente en el estómago hasta la boca. El primer beso fue en la Universidad cuando ya se acercaba el atardecer y casi no había más buses para bajar a Chapinero. Fue un beso suave como una mariposa que se detiene sobre una hoja para tomar impulso en su vuelo. Casi sin entender qué estaba sucediendo, Marina empezó a pasar cada vez más tiempo en el apartamento de Peterson (ya no más Míster), al que subía caminando feliz desde la 19 con 3ª, viendo los coloridos murales con grafitis y llegando hasta el Chorro de Quevedo, donde a veces se encontraban para seguir tomando “a cup of coffee”, y la conversación se hizo menos de escritores y cineastas colombianos y americanos, y mucho más de “nosotros”, del futuro, de qué pasará mañana. El amor es un sonriente calendario lleno de apuestas al mañana. Al cabo de un par de años, cuando Marina se graduó a los veintiséis años de enfermera de la Manuela Beltrán, se casó naturalmente con Petersen en la iglesia de la 7ª con 80, donde siempre habían querido. Buscando ya un ambiente menos bohemio, encontraron un apartamento cerca de la Castellana, para quedar ambos en un punto intermedio de sus trabajos: él de la Universidad donde seguía dictando su cátedra y ella atendiendo a los pacientes de la tercera edad en un asilo a la altura de Guaymaral, pasando el peaje de Bogotá a Chía y sobre la autopista, casi llegando a las montañas. Realmente sin pensar en ello, actuaban como si el amor fuera siempre el punto meridiano de dos diferencias irreconciliables. Al pasar los primeros cinco años de matrimonio, Peterson quería un hijo “!i want my own earthquake!”, bromeando del terremoto en que se convierten los niños, y ella Marina también sinceramente lo quería. Lo iban a llamar Andrés o Natalia, lo importante era que fuera “sana y feliz”, como decía en su acento costeño la mamá de Marina cuando la visitaban los domingos. Incluso en su apartamento la pareja tenía un cuarto con todo listo para recibir a su “little earthquake”, con su cuna, unas suaves cortinas azules y unos móviles colgando del techo. En ese momento, como si doña Marina se olvidara del sendero lleno de sombras que recorría frágil con su bebé de cinco meses, se sonríe acordándose de esos días y se iluminan sus ojos. Pero también de tristeza cuando recuerda el instante en que el médico les notificó que ambos eran infértiles, él por su avanzada edad y ella por una extraña inclinación en su útero que hacía imposible la concepción. Sin importar el irrevocable dictamen médico, durante los próximos seis años Marina y Petersen intentaron todos los métodos posibles para tener su bebé, como quien en una isla atiza una chispa soñando hacerla una llama inmensa, pero tras cada intento solo se queda con el humo en las manos y la desolación del vacío. Ella se sentía como una bíblica e infértil Sara viendo cada mañana que el cuarto para el esperado bebé cedía de la esperanza maternal a la triste realidad de convertirse en un cuarto de San Alejo para guardar la mesa de aplanchar, la ropa sucia y películas viejas, como una manera de ir aceptando paulatinamente la dolorosa realidad con las excusas del día a día. Sin embargo, el amor es como un salmón que nada a contra corriente, y tanto Marina como Petersen ya no eran jóvenes: él tenía algo más de sesenta años y ella ya pasaba los cuarenta. De un modo u otro, sólo se tenían el uno al otro y ya sabían que tenían que reinventarse la felicidad para su madurez y vejez sin apoyarse en el cuidado de un hijo que jamás habría de venir. Casi como regresando a los gustos de la juventud se hicieron cada vez más fanáticos del cine arte, incluso pagaron con su operador de televisión un canal adicional para ver cine juntos todos los viernes por la noche. Esa última noche (hace apenas cuatro meses) Petersen había propuesto ver una película a las seis de la tarde, “Blanco” la de la trilogía de los colores de Kieslowsky, y ella Marina había programado en el microondas un par de lasañas marineras para acompañarlas con un buen vino tinto. Ya metidos entre las cobijas y acomodados en la sala para ver la película, pasó algo curioso (así como comienzan las tragedias): no habían canales, todos estaban dañados, incluso los nacionales. La sala casi iluminada por el televisor a rayas y zumbando. Marina llama al número del operador de la red de canales y le contestan que es un problema puntual de su hogar, pero que afortunadamente hay un asesor cerca, que si le parece bien que llegue a su apartamento en cuestión de quince minutos. Ambos están de acuerdo, al fin y al cabo, es viernes de películas y el amor es un ritual que condesciende a la inquebrantable y feliz rutina. Pasan veinte minutos y anuncian al técnico por el citófono. Ingresa al conjunto. Otros minutos y golpean en la puerta. Son dos técnicos vestidos con la marca del operador de cable. Uno es obeso y el otro alto. Marina abre amable la puerta, ellos sonríen y saludan con la mirada, mientras entran. Casi en el mismo momento en que Marina da la vuelta para cerrar la puerta, el hombre obeso gira de repente con su pesada caja de herramientas para golpear secamente a la mujer directo a la cabeza, que cae desvanecida contra la puerta, mientras el hombre alto empuña un revolver directo a la sorprendida cara de Peterson que todavía no comprende en qué momento de la cotidianidad el horror ha ingresado a su casa, y abre más su boca ante el nuevo lenguaje del asaltante:

– Quiubo pues, gringo hijueputa, ¿dónde está la plata?

– What the fuck…?

Es apenas su primera expresión ante su mujer sangrando de la cabeza por el golpe con la caja de herramientas. El hombre alto parece ser el jefe:

– Amarre a estos dos hijos de puta…

El hombre bajo con su cara granujienta saca un cable de la caja de herramientas y amarra a la fuerza a Marina de manos y pies, mientras le pone una cinta gris y como metálica en la boca, mientras le advierte queriendo ser amistoso:

– No vaya a gritar, mamita, que nos mete en problemas a todos.

El americano como reponiéndose del miedo inicial, le habla fuerte sin gritar para no desencadenar la tragedia, marcando su mejor español posible:

– Robe lo que quiera, pero no la toque a ella…

Pero la mejor respuesta es un brutal golpe con la culata del revólver en su cabeza propinada por el hombre alto, quien le habla mirándolo a los ojos con un odio inusitado:

– Gringo de mierda, usted a mí no me da órdenes, ¿me entendió, gonorreíta? Amarre a este viejo también.

Le ordena a su secuaz que ya trae el mismo cable gris para amarrarlo de pies y cabeza. Tanto Marina como Petersen se preguntan en qué momento una tarde cotidiana para ver películas de arte en la sala, mientras dejaban un par de lasañas calentándose en el horno y una botella de vino en la nevera, se convertía en la peor pesadilla de sus vidas. Ambos tiemblan de impotencia ante el odio y desprecio con que les miran los asaltantes por igual, degradándolos con golpes e insultos. El hombre alto sin dejar de encañonar a Petersen, le pregunta tratando de ser convincente con una suave voz:

– Gringo huevón, dígame donde está la caja fuerte o si no le volamos a usted la tapa de los sesos y nos vamos a entretener con su mujercita… Diga pues…

Marina patalea para que la miren e indicar con su cabeza que no hay tal, no hay caja fuerte, no hay dinero de gran importancia que llevarse. Les suplica con los ojos llorosos al par de monstruos que han ingresado a su apartamento. El hombre bajo abre la caja de herramientas y saca un destornillador corto y afilado en cruz, mientras le dice al otro:

– Tápele la boca dos minutos mientras yo le abro una bisagra para ayudarlo a hablar….

Antes que el gringo pueda abrir la boca, el hombre alto se la tapa con su enorme mano, mientras el otro asesino le clava certeramente el destornillador en la rodilla, ante la cara desfigurada de miedo de Marina. Lo retuerce con furia dentro de su rodilla, viendo como escurre sobre el pantalón un líquido blanco y viscoso mezclado con la sangre oscura. Difícilmente Peterson podrá volver a caminar nuevamente sin cojear. El hombre alto espera un par de minutos a que el americano acabe de ahogar su grito y su dolor en su mano, mientras le escurren profundas lágrimas por sus rosadas mejillas. Al rato le mira con un odio renovado y le pregunta lentamente:

– ¿Si vio que esto no es un juego, gringo hijo de la puta mierda?, ¿dónde está la caja fuerte?

Petersen le dice en un tono que suplica piedad… que no hay tal, no hay caja fuerte, no hay dinero, pero si quieren llevarse lo que sea, lo hagan, pero que se alejen de sus vidas. La furiosa respuesta es un puñetazo bestial contra su nariz y Petersen siente el crujido del cartílago y una suerte de explosión interna de sangre y saliva que baja por su garganta, y como se inflama su rostro haciéndolo sentir enorme y desorientado como un globo abandonado a su suerte. Su rostro está bañado en lágrimas y mira en detalle su apartamento, que todavía debe la mitad al banco, las repisas con los libros organizados de García Márquez que lo impulsaron a venir a esta puta tierra abandonada de Dios, donde nadie se conduele de la miseria y el dolor ajeno. Mira los altos anaqueles con los libros y las películas, y algún poster pegado en la pared de la película “El Artista”. Mira a su mujer amarrada de manos y piernas, impotente como un insecto enredado en una telaraña a merced de dos arañas crueles y sanguinarias a punto de devorarlos. Un segundo golpe directo a la boca lo regresa a la realidad, junto con una pregunta simple:

– El tiempo se acaba, gringo malparido, la plata o nos quedamos aquí. Un segundo chuzón y lo ponemos ya no en muletas, sino en silla de ruedas…Escoja pues…

La cara de Marina está congestionada por el llanto y la angustia de ver a su esposo siendo destrozado por un par de delincuentes comunes. Trata de morder la cinta gris que retiene su boca pero nada puede hacer. No puede gritar ni hablar, como una temerosa alma que se levanta del cuerpo mientras ve que docenas de hambrientos cadáveres lo devoran y saquean en la noche. Petersen no termina de hacer un gesto que comprendan que no tiene nada, absolutamente nada, que apenas es el apartamento de un profesor de idiomas y una enfermera recién graduada, cuando el hombre alto nuevamente le tapa la boca con su enorme mano para que no grite cuando el secuaz clava dolorosamente el destornillador en su otra rodilla, retorciendo la herramienta para que jamás, jamás vuelva a caminar por sus propias piernas. Petersen tiembla de dolor y sus pies tiritan de sufrimiento, como si estuviera en una bañera de hielo. La fiebre aumenta en el pobre hombre torturado que hasta hace pocos minutos, su mayor preocupación era ver una película de cine arte acompañado por su mujer y cenar un par de lasañas todavía calentándose en el microondas con un vino tinto guardado en la nevera. El hombre alto se incorpora y levanta a la altura de su cabeza el cañón de su revólver, directo a su rostro inflamado por los golpes.

– Una vez más, gringo hijo de puta, donde está la plata o comenzamos ahora con su mujer. Porque el destornillador se lo vamos a clavar a su mujercita en la espina dorsal, a ver cómo quedan los dos inválidos.

La maldad y crueldad del género humano no tiene antecedentes, especialmente en los delincuentes en Bogotá. Casi ahogado por el dolor y el miedo, Petersen piensa en inventarse alguna mentira sobre algo de valor en su apartamento, mientras mira de frente la negra y circular boquilla del cañón que tiene a escasos milímetros, cuando en ese preciso e irremediable instante sonó el pito agudo del microondas con las lasañas listas, y el hombre alto jala accidentalmente del gatillo, impulsado por el miedo, y la bala entra en la frente del americano haciendo un pequeño agujero inicial y un boquete inmenso en la parte posterior del cráneo, de donde salieron proyectados pedazos de su cerebro contra el sofá. Petersen cae de lado con la boca aún abierta y la cabeza totalmente estallada ante la mirada aterrorizada de Marina. Habiendo disparado semejante alarma, los asaltantes abren la puerta del apartamento y se pierden en las sombras.

Irónicamente semanas después de haber perdido al amor de su vida, Marina descubre que tiene un mes de embarazo. En su vientre está la llama de una nueva vida, llámese Andrés o Natalia, y las cenizas aún vivas del recuerdo de su esposo. Por eso camina cada vez más rápido por un pasillo de un asilo que la muerte y el oscuro milagro ha hecho suyo. Faltan pocos metros y se ve la luz de la recepción de la entrada principal, donde están las puertas al exterior. No le importa salir luego en mitad de la lluvia entre las veredas de la montaña, y bajar a pie empapada y enlodada hasta la autopista, así tenga que caminar más de una hora entre los altos árboles por caminos pedregosos. Sin embargo, delante de ella, como cortándole el camino, sale lentamente de uno de los pequeños cuartos, una enorme figura lenta y quejumbrosa por su propia deformación y descomposición. Tiene los brazos caídos y de sus largas uñas escurren gotas de un líquido oscuro. Antes que se fije en ella, Marina en un par de segundos entra a esconderse en la vacía sala que tiene al lado suyo, donde reposaban esta mañana en perfecta calma los veteranos de guerra del Batallón Colombia.

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