LÁZARO

Capítulo 12

– ¿Qué pasó, Gutiérrez?, ¿estamos en el corredor?, ¿qué horas son?

Pregunta el doctor Ortiz con un hilo de voz que sale de sus labios casi azules por la pérdida de sangre, y casi mareado por la hemorragia de su pierna causada por un afilado estilete que tuvo a bien clavarle de un certero golpe el cadáver al que hace unas horas le realizaba una autopsia. Como si temiera ser escuchado, el asistente Gutiérrez le responde casi paternalmente:

– Doctor Ortiz, estamos en el corredor y esperamos a que vengan por nosotros don William y doña Marina, para irnos al hospital de la Universidad de la Sabana para que lo atiendan. Se están demorando pero en cuestión de minutos ya deben estar aquí.

Ambos se ven azules por esa claridad extraña de la noche cuando está comenzando. Las sombras de la vegetación se alargan debajo de la puerta principal, como presagiando un nuevo mundo que abandona el cruel y pasajero reinado del hombre y cede su territorio a los antiguos monarcas del planeta como las voraces cucarachas, moscas y arañas, que se regodean hambrientas y babeantes en la putrefacción de nuestros cuerpos secos y corruptos. Los muebles se hacen perversos en el salón a oscuras, y los cortinajes densos y llenos de sorpresas. Las casonas antiguas al anochecer siempre tienen un aire de laberinto. La lluvia ha ido mermando notablemente y cada vez caen menos gotas de agua sobre el largo techo del Asilo, como un lobo que regresa cansado y satisfecho de sangre a su guarida. Gutiérrez mira la hora en su celular y dice hablando como para sí mismo:

– Qué raro esto. Se han demorado resto… Voy a bajar a buscarlos.

Abriendo los ojos mientras el sudor de la fiebre baja por su frente, empapando los delgados cabellos grises, el doctor ya entrado en años, casi le suplica (algo totalmente inusual en él), como pronunciando una palabra nueva…

– Cristiano, no sea así. No me dejé solo así. Por favor…

El doctor Felipe Ortiz es nuevo en esa palabra mágica: “por favor”. Cuando vivía con sus papás en el caluroso valle del Cauca, e iba de vacaciones a la hacienda llena de hermosas plantaciones de azúcar, rodeada de pequeños cañaverales, que en la tarde el viento fresco mecía las altas cañas haciendo raras figuras de espirales en la naturaleza al inclinar unas y levantar otras, y en la noche escuchaba el cantar de las cigarras hasta morir al amanecer. Allí veía con absoluta admiración a su papá de sombrero y hecho un capataz mandar a grito templado a sus campesinos negros de camisas blancas. Entonces, se prometió desde muy pequeño jamás decir “por favor”, y mantuvo ese raro desdén autoritario hacia los demás en las primeras clases del Berchmans y luego durante toda su carrera de medicina en la Universidad del Valle, pero ahora vacío de sangre como una gallina despescuezada que pende del techo para su sacrificio, comprende el efecto mágico que causa esa palabra en los demás: por favor.

– Tranquilo doctor, creo que ellos ya vienen…

La lluvia ha cesado casi del todo para hacer más audibles otros sonidos arrastrados, apagados y malvados que van inundando el asilo…

– Doctor, ¿usted escucha algo?

– … ¿qué?

– Son pasos, muchos pasos por toda la casa. Escuche bien… en la cocina… acercándose a las gradas… En los cuartos… Mejor vámonos ya.

Como un Simón Cirineo que contra su voluntad ayuda al sufriente Cristo a cargar su pesada cruz de madera, el joven y alto Gutiérrez se inclina para ayudar a levantar al doctor Ortiz su pesado cuerpo, quien se apoya de la pared cercana a la sala de autopsia, y empieza a cojear hacia las escaleras principales, acercándose peligrosamente a un charco putrefacto de entrañas reventadas que cae como una enredadera de un cadáver desnudo y abierto que reposa inmóvil contra una mujer morena muerta con la boca abierta que tiene los ojos casi arrancados por las uñas del monstruo, y en sus manos sostiene todavía con furia la guirnalda de entrañas que ella le pudo destrozar y arrancar a su asesino para pararlo en su inhumana y cruenta furia. Las moscas beben hambrientas la sangre y el feliz zumbido dota de una extraña vitalidad el cuadro de este par de muertos. Pasan al lado suyo como temiendo despertar a dos tigres de un sueño milenario…

– Con cuidado doctor Ortiz, asiente bien su pie y cójase de mí y de la baranda de la escalera.

– No puedo, mejor bajo sentado las gradas, me ahogo estando de pie.

Es natural con el aire perdido por la sangre derramada. La escalera es esa clase de madera vieja que ha resistido miles de subidas y bajadas de soldados en camilla cubiertos de vendas más rojas que blancas durante los años en que el Asilo fue un hospital militar durante los días de la dictadura de Rojas Pinilla. Años después el Asilo fue asignado a convertirse en una escuela distrital y en esa misma escalera de madera se sucedieron las interminables jugarretas de los niños campesinos de las veredas aledañas. Y ahora, como si ya esta casa hubiera vivido su niñez y juventud, tuviera que afrontar la dura y solitaria vejez, convertida en un Asilo para ancianos abandonados y casi dementes, la escalera cruje a punto de romperse en cualquier momento… El doctor Ortiz ha bajado algunas gradas apoyándose en sus manos, como un extraño animal que no pudiera estar de pie más de unos minutos. Se apoya con fuerza hasta que…

– Puta sea, qué mierda, se abrió esta puta tabla podrida…

Pronuncia perfectamente su ira con su marcado acento caleño el doctor Ortiz, mientras él y Gutiérrez ven cómo se le ha hundido el brazo izquierdo hasta el codo en un cráter de largas y afiladas astillas que asoman sus puntas negras sobre la blanca piel y la sangre (la poca sangre que queda) no se hace esperar. El doctor queda casi estático y en una posición realmente frágil. Un brazo hundido casi hasta el codo en una de las gradas de madera y atravesado por un par de largas astillas, además de una pierna casi inmóvil y con un torniquete para detener la hemorragia cerca de la femoral. Tiene su rostro sudoroso casi contra las gradas. Con un odio superior a sus fuerzas, recuerda con ironía sus ratos dispersos de la infancia en la casa de Cali cuando le gustaba tomar una mariposa y soltar sus patas y alas una a una, como un enamorado preguntando “me quiere” “no me quiere” a una margarita. Parece el doctor un enorme y blanco insecto a punto de recibir una cruel disección, con sus patas pegadas al papel adhesivo. Un movimiento brusco puede desprender una pata, un ala o todos los miembros de un solo golpe, y aún quedar viviendo para agonizar lentamente. Cabe pensar en una de esas escenas irónicas de la vida en las cuales los dioses, los verdaderos ingenieros de la vida, nos miran como hormigas a lo largo de sus potentes microscopios, sin el más mínimo atisbo de humanidad y piedad, sencillamente porque ellos, los dioses, no son hombres y tampoco piadosos. Mientras más trata de aflojar el brazo el doctor, las astillas más se hunden dolorosas y profundas en la carne. Son esos momentos irónicos de la vida donde lo único que queda es insultar y llorar, porque así no tengas casi sangre, el odio visceral y largamente concentrado recupera en un instante la vitalidad y purifica el organismo. Nada más saludable para el corazón que insultar con ganas…

– Maldita sea, el imbécil de don William tuvo toda la puta semana para arreglar esta puta tabla y hasta dejo su puto martillo y jamás, jamás, jamás de los jamases se le dio la puta gana de venir y hacer su puto trabajo… ¡Esta puta mierda de situación es absurda!

Sin embargo lo absurdo y lo irracional fluye como un agua oscura, espesa y turbulenta detrás de las paredes de nuestra cotidianidad, de nuestra matemática y lógica. Años enteros de estudio, de colegio, de universidad, de postgrado exclusivamente para entender lo racional, lo apenas lógico, también puede ser visto como una progresiva desadaptación ante el asombro y el oscuro milagro. Entender solo lo racional y lógico es igual a pretender únicamente usar el brazo derecho, dejando secar y podrir el izquierdo por simple capricho. Qué triste tanto tiempo, entonces, desperdiciado en la lógica, cuando la esencia del universo rebosa de absurdo, misterio e inhumanidad. ¿Qué es un muerto que regresa a la vida? Algo que no fluye, estancado en sí mismo, como una vieja fotografía de alguien sin nombre. Un amasijo de venas verdes, rojas y azules que se enredan torpes alrededor de un corazón secándose en la entraña. Un pez conservado en un acuario de formol abriendo repentinamente sus ojos. Un cuarto constantemente arreglado con la cama tendida y flores frescas para el hijo muerto que nunca va a regresar. Una mariposa disecada aleteando misteriosa sobre la pared. Una cicatriz que se niega a sanar y se va desgarrando con el tiempo. Las entrañas del pez que palpitaron vivas y rojas en la sartén cuando Cristo murió al atardecer. ¿Qué es un muerto que regresa a la vida? Un odio visceral que regresa después de los años y se niega a morir con el perdón. Un amor no correspondido pudriéndose en la penumbra. Una pelota o una idea rebotando imparable en un patio infinito, llenándose en cada golpe de una fuerza brutal e imparable. Un cajón lleno de recuerdos que no nos atrevemos a abrir ni quemar. Un aliento muerto que retorna a empañar un espejo en la noche y a escribir su nombre en él. Algo detenido en su proceso para siempre y obligado a ser partícipe de su propia degradación. Es el insomnio mismo, el estado intermedio entre la pesadilla y los ruidos de la calle. De un modo u otro, cada día de nuestras vidas todos somos una ciudad infestada de miles de muertos vivos que nos acechan sin encontrar sueño ni sepultura. ¿Qué es un muerto vivo? Es alguien que regresa de la muerte, como uno de los tantos cadáveres que arroja el mar a la playa, descompuesto, sin nombre, sin huellas digitales, sin personalidad, sin recuerdos, despoblado de toda humanidad. Obligado a retroceder en su evolución a lo más básico: matar hasta morir. Con los instintos torpes y lerdos. Los ojos muertos y las manos nervudas y temblorosas. Arrastrado por una infinita hambre y sed y dando alaridos por doquier, casi ciego, guiándose únicamente por su sentido del oído y el olfato que son los únicos que sobreviven al tiempo y la degradación. Siempre pisando un suelo familiar, pero bajo la forma de un ser extranjero que nadie quiere. Una anomalía entre la tierra y el infierno, entre la vida y la muerte. Un hongo gris y enfermizo que se desplaza brutal, salvaje y sin sentido entre las flores y la pradera. ¿Qué es un muerto que regresa a la vida? Un ave temblando por volar y ahogada en su propia ceniza.

– ¡Traiga unas tijeras y ayúdeme! ¡Haga algo, maldita sea, en vez de mirarme de ese modo…

El asistente que estaba un par de gradas más abajo que el aparatoso doctor Ortiz, escucha el sonido torpe de unos pasos acercándose desde el segundo pasillo. En su cara demudada de espanto lo dice todo, y el doctor lentamente mira hacia atrás suyo, desde su muy incómoda posición de tener un brazo clavado en el astillado suelo: un anciano veterano de guerra se acerca hacia él mientras levanta con curiosidad un objeto…

– Cristo mío, sálvanos. Lleva el martillo de don William…

Se escucha la voz lívida y apagada del asistente, empezando a retroceder sin sentido y de espaldas por las gradas de madera, mientras aprieta su escapulario alrededor del cuello. A pesar de estar totalmente inmerso en la oscuridad, el doctor abre sus ojos para verlo completamente. Tiene sus pupilas enteramente dilatadas para llenarlas de luz de noche, a la vez temblando de miedo, a la vez lleno de curiosidad y fascinación por ver el espantoso milagro de un hombre que ha regresado de la muerte. Ver enteramente a un Lázaro es un prodigio, a pesar que con ello cueste la vida. Hay una antigua y profana leyenda judía que cuenta que los fariseos apuñalaron a Lázaro después de su resurrección para borrar el mayor milagro de Cristo en la tierra. Desde las gradas, la bestia se ve gradualmente de abajo hacia arriba: los pies descalzos con sus uñas rotas y llenos de coágulos de sangre seca, disimulando con dificultad las llagas provocadas por la aversión al sol de los últimos días. Los pantalones recuerdan a los de un carnicero por la cantidad de charcos de sangre que aún escurren de ellos. La camisa abierta dejando ver el pecho con la piel casi forrada a las costillas, también plagada de pústulas sangrantes. La barba descuidada y los ojos huecos, como las ventanas de una casa abandonada. Sin luz. Sin humanidad. Sin piedad. Empuñando infantilmente el martillo que había dejado don William para arreglar la madera. Lo levanta de un modo torpe, indeciso y sin fuerza, como animado por el recuerdo vago del uso del objeto. Sin embargo…

– !!!!!!!Aaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!

El grito del doctor no se hizo esperar cuando el anciano soltó el primer martillazo directo a su cara, abriéndole un boquete enorme en la mejilla, desgarrándole el tendón del maxilar casi por completo. Hay mentes dispersas, especialmente la de ciertos intelectuales. Aún en el sufrimiento siguen pensando, no se pueden sustraer de sí mismos. Como una pelota que no deja de rebotar. Mira el doctor Ortiz su brazo y recuerda en un destello que los zorros cuando caen presos por su cola en alguna de las afiladas trampas, se liberan a punta de mordiscos y prefieren conservar su vida a costa de su larga cola. Intenta zafarse brutalmente de la grada abierta de madera a riesgo de perder el brazo, y ve como las astillas le abren en dos tajos la carne. Un segundo golpe lo saca de ese vago pensamiento.

– !!!!!!!Aaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!

El segundo martillazo es más certero y se estrella justo debajo de su nariz, casi arrancando de un golpe los cartílagos de la nariz y los alveolos de las encías. El sabor a sangre es insoportable y siente su boca inmensa por el dolor, convertida en un oscuro pantano donde flotan sin orden alguno un par de sus piezas molares. Siente con su lengua temblorosa el vacío sobre sus encías y la asoma a lo largo del boquete que tiene en su mejilla, como palpando los bordes de la nueva realidad que le espera. Intenta cubrirse con el otro brazo, pero parece que el monstruo está aprendiendo poco a poco el uso del martillo. Golpea como un herrero cerca de su ceja y siente el frío llenándole el rostro como electricidad y bajándole por la garganta, mientras su visión se desenfoca parcialmente.

– !!!!!!!Aaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!

Perder un ojo de un martillazo enfría el corazón de cualquiera. Pero verlo caer delante suyo, envuelto en cientos de cuerdas rojas es algo que hace gritar. No es un alarido. Son muchos. Demasiados. Grita aterrorizado como si fuera una campana y la jalaran a golpes hasta estallar. Un campanario de miedo. Una catedral del horror construida con gritos y lágrimas. Uno puede ver un grito con solo escucharlo. Puede ver la destrozada boca del doctor haciéndose inmensa como un edificio, los labios secos y resquebrajados, las amígdalas rojas como campanas y la lengua templada con sus venas a punto de reventarse en un largo y agudo grito. Porque los peores gritos son los que a pesar de haber cesado, siguen repicando en el silencio. El doctor Ortiz ve su ojo cayendo entre las gradas, envuelto en una neblina de sangre, casi mirándolo de frente como un testigo mudo de su propio sufrimiento, en una parodia cruel de la célebre frase de San Pablo: “cuando muera, me miraré del mismo modo en que Dios me mira ahora”. Vaya cuadro este. Querer morir y no poder. Querer dormir y no poderlo hacer. La muerte misma es un insomnio cuando no se deja de pensar. El asistente no ha parado de gritar en toda la escena, mientras baja de espaldas por las gradas, pasando por la recepción y acercándose cada vez más a la puerta de la cocina. Desde allí ve la cabeza del doctor inflamada por las hemorragias internas, y como un apasionado herrero, el monstruo martillándole sin cesar su cara, con la boca abierta de desespero, igual a un naufrago sediento abriendo a golpes un coco para beber su agua. Al fin lo abre con dificultad y empieza a lamer ávido la sangre y el cerebro despedazado entre el cabello revuelto del doctor, como un simio sentado sobre sus patas traseras, pelando como fruta la cabeza de ese hombre. El cristiano en silencio, todavía petrificado por el horror, besa su escapulario y se persigna. Pero a pesar de su asco, agudiza la vista y ve como la mano del doctor Ortiz se recoge y empuña, intentando focalizar el dolor en algún punto de su cuerpo, haciendo un esfuerzo sobrehumano para morir ya.

– ¡Dios mío, el doctor aún está vivo!

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