LÁZARO

Capítulo 15

– Pipe, apártate un poco para revisar una vez más el corazón de tu abuelo.

Si en un segundo el mundo entero puede cambiar por completo, en quince minutos hay novecientas posibilidades que así sea. El estallido de una bomba en el centro de Bogotá hiere a cien familias en un solo instante. Una bala perdida perfora la nuca de un niño en las festividades de Navidad. Un conductor ebrio pulveriza las piernas de una mujer en apenas un segundo. Un soldado que pisa una mina quiebra patas y queda destrozado del vientre para abajo implorando la muerte en mitad de la tierra y bañado en sangre. Casi al minuto en que Alfonso y María Paula se han ido buscando la entrada posterior, rodeando la casa por los amplios jardines cubiertos por los altos árboles, Carlos Alberto, el enfermero le sigue insistiendo a Pipe que se retire un poco de su abuelo. No sabe él qué puede estar pasando y si esto es una enfermedad, un contagio, una peste o qué.

– Pipe, haz silencio un minuto. Voy a escuchar el corazón de tu abuelo. Retírate un poco, ¿vale?

Un asistente de enfermería temblando de miedo, mirando a un anciano moribundo casi descomponiéndose en vida, y a su nieto llorando en silencio. Todos en el asiento trasero de un carro viejo, con las ventanas cubiertas por pesadas cobijas, frente a un enorme caserón a oscuras y en silencio, con la luna en lo alto, brillante y amortajada de neblinas, como una moneda celosamente protegida por fantasmales dragones. “Sometimes we see a cloud that’s dragonish / A vapour sometime like a bear or lion”, como escribía Shakespeare sombríamente. La luna dragonesca de Shakespeare enciende con suaves llamas esta noche de aquelarre, calderos y brujas ahorcadas.

– Haz silencio Pipe…

Carlos Alberto abre el maletín y saca un estetoscopio. Desata de un lado a lado la camisa leñera del anciano veterano de guerra. El pecho está cubierto de terribles pústulas sangrientas, unas secas y otras no. Parecen las llagas de un Cristo de cualquier arte de la Contrarreforma: sangrante y brutal, con los brazos casi azules por la fiebre y las sienes marcadas por las venas. El enfermero pone el estetoscopio en el pecho blanco y casi gris del anciano, como el vientre de un tiburón. El veterano tiene los ojos cerrados y la boca apretada como alguien que duerme en paz luego de un ataque de epilepsia.

– ¿Qué pasa?, ¿qué tiene mi abuelo?

– Cállate niño… Creo que el estetoscopio no está bien. No oigo nada.

Con un asco ya casi imposible de ocultar, el asistente pone su oído contra el pecho del anciano. Cree escuchar algo parecido a los últimos latidos de un corazón, que son como los coletazos arrítmicos de un pez fuera del agua. Pero no está seguro. Aprieta más su oído contra el pecho, esta vez sin importarle la sangre seca adhiriéndose a su oreja. Todo es un profundo silencio. Sin embargo no hay nada más fantástico y misterioso que tratar de escuchar los latidos de alguien que acaba de morir. Es aplicar el oído justo contra la enorme y larga pared que divide la vida de la muerte. Es querer espiar qué se escucha más allá del muro de la vida. Detrás de las paredes, ¿qué hay?, ¿qué voces se escuchan?, ¿qué pasos retumban?, ¿algo vive más allá del muro de la vida? El asistente aplica con fuerza el oído al pecho del anciano. El niño le mira con curiosidad y temor. No se atreve a decirle que su abuelo está muerto. Nadie quiere ser mensajero de esa clase de cosas. Quiere esperar un minuto más. Sólo un minuto más. Un segundo más que cambie la situación, porque la vida se puede asomar en un segundo. O también la muerte misma que se asoma por las rendijas que deja la fragilidad de nuestra cotidianidad. Atento al menor sonido. Como un atrevido espiando tras el muro de la muerte, esperando algún milagro. ¿Dónde está dios?, ¿dónde están los dioses? En los márgenes, en las rendijas. Allí acechan los dioses, oscuros y sin tiempo, dispuestos tanto a la maldición como al milagro. En ese uno por ciento de probabilidad de error o éxito, allí es el territorio de los despiadados dioses. Con una voz temerosa, como si algo le pudiera escuchar al otro lado del muro…

– Lo siento Pipe, tu abuelo está muert……

Nunca terminó la frase. En milésimas de segundos, el anciano abrazó de la cabeza al asistente con una fuerza y desesperación sobrehumana, atrayéndolo de cara directamente hacia su boca abierta y pestilente. La última imagen de Carlos Alberto debió ser terrible: una boca abierta como un infierno, rojo y negro, rodeado por dos hileras de dientes afilados y en desorden, y desde el fondo, una bocanada de hedor a carne muerta, proyectada violentamente hacia su ojo derecho, que no paraba de temblar de miedo, como una vacilante ostra a punto de ser devorada en su concha. El mordisco fue amplio y brutal, como de perro de caza, que jamás suelta a la liebre y aplica sobre ella todo el peso de sus mandíbulas. El asistente mueve torpe y sin fuerza sus brazos y piernas, parece casi nadando en el asiento trasero. El monstruo muerde con más fuerza e ira el ojo del hombre, incluso clavando sus dientes a veces sobre el párpado y casi en la parte superior de la mejilla. Como un decadente vampiro bebiendo gustoso y relamiéndose la sangre en la herida abierta de una res, introduce con fuerza la lengua áspera y dura en la cavidad ocular, jalando por completo el nervio óptico de un solo golpe. El sonido es sordo como el de un caucho reventándose. Estaban en lo cierto aquellos médicos de los días de Pascal al describir el cuerpo humano como un amasijo de cuerdas y tuercas. La sangre mana del orificio como el vino tinto de una botella recién descorchada, derramándose seca y negra sobre el rostro de Carlos Alberto, que no ha sido capaz de emitir un solo sonido de miedo o súplica, como si la garganta se le hubiera cerrado por completo ante la proximidad de la muerte. El ojo restante de Carlos Alberto, el izquierdo, queda libre de la inmisericorde y pestífera boca del demonio que le devora la cara en inmensos bocados como una gaviota jala la carne negra y desmigajada de un ahogado. Su ojo izquierdo tiembla como las piernas de un condenado al patíbulo, y las lágrimas lo inundan copiosamente. En un segundo el mundo mismo ha dado la vuelta para Carlos Alberto, y como en las leyendas judías, el ojo izquierdo es el único capaz de ver el mal, así tendrá que ver como un monstruoso y hambriento cadáver mordisquea con infinito gusto su mejilla izquierda arrancando en jugosas tajadas todos los largos tendones que figuran la risa o el llanto. El cadáver pareciera que no mastica, sino que traga enteramente arrojando los pedazos de la cara de Carlos Alberto directo hacia su estómago pútrido como una palpitante bolsa de carne muerta. El asistente intenta incorporarse, pero le es totalmente imposible por su posición contra la ventana de la camioneta, y más con el pesado cuerpo del monstruo veterano de guerra impulsado contra él, destrozando su cara a dentelladas. Pronto encuentra el débil cartílago de la nariz y abre ansioso sus enormes fauces y las cierra de un solo golpe dejando un brutal estallido de sangre contra las ventanas. La sangre de la nariz es más escandalosa porque es más oscura y espesa que en otras partes de la cara. El aullido de lobo herido (la única vez que Carlos Alberto grito para morir al fin, y el que hizo que Alfonso y María Paula comprendieran el escenario al que estaban ingresando) hizo que Pipe que había estado preso por el más auténtico terror, reaccionara en el momento exacto que debía hacerlo.

El monstruo mira por encima de su presa, con sus ojos sin vida, a su nieto de nueve años, petrificado por el miedo a menos de un metro suyo en el asiento trasero de la camioneta. La mirada del cadáver hambriento es amarga, dura e inhumana, como la de un dios prehistórico ante un banquete de sacrificio. El niño abre con fuerza la puerta del carro, mientras corre desesperado, y sale hacia la noche, como un pequeño venado sin saber que la muerte le respira en su cuello. Sabe que sus papás están rodeando la casa, pero no hay tiempo para correr tanto. Los árboles tienen las ramas pesadas por el agua de la lluvia y se siente la humedad en el ambiente, como una mortaja interna que nos cose con sus fríos dedos la garganta para ingresar en silencio al sepulcro, como una hoja abandonada por el pensamiento de Dios. “No se cae una hoja sin que Dios lo quiera”, decía San Pablo secamente para enunciar el orden prefijado por Dios al mundo. Pipe corre de la camioneta directo hacia el portal del Asilo, que ofrece una alternativa segura. Mira las ventanas hexagonales. Algunas no tienen vidrio y están a menos de un metro desde el piso. Tiene los ojos desorbitados de miedo y por las lágrimas ve luces donde solo debiera ver oscuridad. Resbala en las piedras afiladas. Cae de cara al lodo. Escucha como un pie baja de la camioneta. Un pie indeciso como de alguien probando que puede sostenerse de pie. Un paso más importante que el del hombre en la luna es el de un muerto en el territorio de la vida, y su huella puede ser más atroz. Pipe se levanta rápidamente, sosteniéndose con las plantas de sus manos sin importar que se corten con las piedras, y avanza con toda la rapidez que le es posible hacia la puerta del Asilo, empujándose con su cuerpo por una ventana hexagonal, y cayendo del otro lado. Del interior del Asilo, donde las sombras del Averno esperan con hambre la carne de los viajeros. Cree escuchar a lo lejos los gritos agudos de su mamá…

– ¡Pipe está gritando!, ¡Pipe está gritando!

Pero no tiene claridad si la voz viene de adentro o afuera, no sabe si sus papás están afuera o pudieron entrar por la puerta de la cocina. Ya nada importa. La envejecida casa del Asilo se ve agigantada por la oscuridad y las neblinas de la noche, además que la luz de la dorada luna se filtra por las pesadas cortinas y recorta con su brillo los muebles, haciéndolos ver más antiguos y espectrales. Como una pesadilla recién soñada. El lugar está enteramente a oscuras. La oscuridad siempre otorga dimensiones impensadas a las casas vacías. La sala parece un territorio casi infinito, apenas habitada por unos muebles que parecen más decadentes en la noche. A su izquierda se abre el pasillo con las dos salas de ancianos, los veteranos de guerra y los de fonoterapia. Parece que alguna ventana quedó abierta, porque se levanta fantasmal una cortina, como una gigantesca mano azul alargándose con el viento de la noche. A la derecha, el espacio de la oficina de administración y a su lado, la puerta de metal de la cocina y la despensa. Todo en silencio. Afuera se escuchan los grillos aumentando la intensidad de sus gritos, a medida que la luna dragonesca de mil cuernos asciende dorada y furiosa en el negro firmamento, que se filtra levemente a sus espaldas por las demás ventanas hexagonales de la enorme doble puerta cerrada del Asilo.

Pipe sube las gradas de prisa, pero a las cuantas gradas se detiene de golpe. Paralizado de miedo, ¿qué ha sucedido con el mundo hoy? Con el corazón lleno de frío, tiene que ser testigo mudo de un terrible espectáculo: la muerte devorándose a sí misma. La muerte es un proceso de hambre. Morirás con hambre. Morirás con gula de vida, queriendo un día más, un año más, con la boca enharinada de los días desperdiciados, con el vientre inflado de los años perdidos. Morirás con la boca abierta queriéndote llevar algo contigo, cuando tu único equipaje está pegado a tus huesos. Y así, bajarás a un pozo abierto como una boca inmensa y con paredes de tierra y podredumbre. Únicamente para alimentar a criaturas sin nombre para saciarlos con la carne de tu cuerpo y cara, con la imagen que amabas en el espejo, con aquello que alguna vez te hizo sentir bello y especial, entregando a la voracidad de los gusanos y las larvas la blanca carne de tus ojos, la roja carne de tu lengua y la oscura carne de tus entrañas. Ese el infinito círculo del hambre. Desde la mitad de las escaleras, Pipe puede entrever el descompuesto cadáver del médico Felipe Ortiz de un modo imposible. Tiene un brazo atorado y a medio desgarrar entre una de las gradas de madera de la escalera. Una pierna inflamada en sangre rematando en un torniquete, como un enorme jamón serrano. La cabeza parecía un balón enorme por las hemorragias causadas, al parecer, por un martillo ensangrentado que reposa cansado a su lado. Tiene el cráneo abierto con varios boquetes, donde las moscas zumban gustosas, dando la apariencia perfecta de un panal humano, puesto que otra de las salidas que tiene esta monstruosa vivienda es una cavidad ocular perfectamente vacía. Las moscas del verano son enormes y tienen su cuerpo lleno de anillos verdes, apenas cubiertos por sus alas doradas de mil formas. Bebían hambrientas y avaras los coágulos de sangre al interior del cráneo del doctor Ortiz, como despiadados colibríes chupando la roja miel de una extraña fruta, abierta de par en par. Un grito débil de abajo saca a Pipe de su asombro y miedo:

– ¡Niño, baja inmediatamente de ahí!

Es Gutiérrez, el asistente de la autopsia del doctor Ortiz, quien está saliendo tembloroso de la cocina, con su rostro azul por el miedo y el cabello totalmente desordenado. Parece un picoteado gusano estirando su cuerpo después de que han pasado los gorriones, y cree que puede salir de su escondite al fin, sosteniendo con dificultad en su mano un enorme cuchillo para cortar carne. Tiene la camisa empapada y casi negra de sangre, como si hubiera acabado de luchar contra un animal salvaje, y tiene los brazos llenos de dolorosas cortadas. Se siente el cansancio infinito en su mirada, tanto que apenas tiene espacio para desconcertarse con la respuesta del niño mirando la puerta doble, como si él no estuviera ahí presente…

– ¿Abuelo?

Con la furia y velocidad de un tigre, el monstruo todavía empapado de la sangre fresca de Carlos Alberto en su cara, como si fuera un maquillaje tribal de guerra, entra de un salto por la ventana, sin importar que los vidrios se claven en su cara y su cuerpo, abriéndole enormes agujeros. No bien cae en la sala como un pájaro torpe atraído por la tormenta al interior de la casa, dirige su imposible mirada hacia su derecha, se incorpora rápidamente y arremete en un empujón brutal contra el débil enfermero tomándolo del cuello, y arrastrándolo hacia la cocina. Gutiérrez apenas alcanza a abrir la boca en un grito sin voz y clava sus uñas ensangrentadas en la puerta de la cocina, como el alma de un réprobo pataleando antes que el diablo la hunda en el infierno, dejando como única huella un arañazo sangriento en el metal de la puerta.

Pipe sale corriendo por el pasillo principal buscando un escondite. Abre la primera puerta que encuentra. Es una sala amplia, a oscuras y en silencio, donde hasta hace unas horas reposaban en calma los veteranos del honorable Batallón Colombia. Apenas se ven las camas y las sillas. Desde lejos y con la difusa luz del exterior, se ven las losas del suelo brillantes y temblorosas por amplios charcos de agua y vomito prácticamente líquido, donde de tanto en tanto se asoman las cápsulas y las pastillas. El olor es detestable y recuerda los peores pasillos de las escuelas públicas. Como un animal huyendo de la certera muerte, se arrastra debajo de una enorme cama antigua. Siente el corazón retumbando a punto de estallar de miedo. Lo siente de arriba hacia abajo. El corazón de un niño es pequeño y rojo como una dulce ave de verano. Literalmente siente su corazón en la boca, más cuando un pesado cuerpo se arrastra lentamente detrás suyo, y antes que pueda emitir un solo grito, le tapa enteramente la boca con su húmeda mano, diciéndole al oído:

– Shhh . . .No hagas ruido. No grites…

Pipe mira hacia atrás, todavía acurrucado debajo de la cama, para ver a una enfermera embarazada tapándole la boca y poseída por un miedo superior a cualquier cosa en el mundo.

– Shhh… No te vayas a mover…

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