LÁZARO

Capítulo 17

– (Shhhh…… No hagas ruido. No grites…)

Una voz suave y temblorosa le susurraba al oído al niño, mientras le tapaba fuertemente su boca para evitar cualquier grito. Por alguna coincidencia, Pipe en su veloz fuga de la camioneta, huyendo del hambriento y brutal cadáver que era su abuelo, quien en escasos veinte minutos había asesinado a dos enfermeros, a Carlos Alberto y luego a Gutiérrez, había entrado a la primera sala del Asilo, donde reposaban hace quince horas los ancianos veteranos de guerra, escondiéndose temeroso debajo de una de las inmensas camas. Exactamente debajo de la misma en la que estaba escondida doña Marina, la enfermera con cinco meses de embarazo quien tiene los nervios templados y el corazón a punto de estallar, todavía recordando la masacre de la sala de los pacientes de fonoterapia y de algo más que sabe que nunca olvidará. El olor a humedad en las baldosas y las tablas de la cama es insoportable, sin embargo las patas de la cama son altas y permiten moverse con facilidad en caso de tener que escapar. Las pesadas y amplias cobijas cubren a estas dos almas temerosas, que se ven azules por la luz de la noche brillando sobre las baldosas blancas. Pipe habla suave y casi sin respiración, parece más deletreando algo profano en mitad de la noche:

– (¿Qué pasó aquí?)…

La mirada de doña Marina es dura y amarga. No solamente no tiene respuestas, tampoco quiere contestar nada. De su silencio dependen sus vidas y ya sabe que el modo de perder la vida en este lugar puede ser atroz y supremamente doloroso. Pone suavemente su dedo índice en la boca del niño, indicándole que no pregunte. Que no piense. Que no respire. Ella tampoco sabe qué hacer. No entiende qué ha sucedido en el mundo. O si es solo en este lugar. Eso no se sabe. Algo terrible acecha en los corredores y los cuartos. No tiene las agallas para salir corriendo, abrir las puertas dobles del corredor y huir perdiéndose en la noche en las veredas de Cundinamarca para llegar en las primeras horas del amanecer a la autopista Norte. Nunca tuvo agallas, ni siquiera para salvar a una amiga, a Ángela, de una muerte miserable a escasos centímetros suyos. Simplemente era abrir la puerta, pero no. En su vientre crece como un débil fuego su única esperanza de vida, sea Natalia o Andrés, y es ese bebé lo único que le queda de su difunto marido, Petersen, masacrado por un par de delincuentes de poca monta en su apartamento en la Castellana. Doña Marina, triste marioneta que pende de los hilos del miedo. Ahora tiene un niño de ocho o nueve años al frente. Se siente responsable, pero no tiene claro qué camino tomar. ¿Huir?, ¿aguardar el amanecer?, ¿esperar debajo de una cama como un animal a punto de ser destrozado en su madriguera? O que al fin los benévolos dioses se acuerden del mundo y lo regresen a su lógica habitual. Pero tristemente, el mundo no parece ser regido por el dios de amor de Pablo, sino por el duro y frío dios de Aristóteles, lejano e inhumano, como una máquina de inteligencia superior que ordena dictados de odio a través de las visiones de los locos y los sueños de los muertos. Los ojos del niño la miran fijamente. Ella sabe que algo terrible también le ha sucedido por su aspecto de viajero del infierno. ¿Acaso sus padres están muertos y ha tenido que huir hasta aquí? Con suavidad maternal le acaricia el cabello, tratando de tranquilizarlo. Pero sus dedos se enredan tercamente en sus cabellos. Hay algo seco y pegajoso en su cabello. Retira la mano con algo de fastidio y la acerca a sus ojos. Es sangre a punto de secarse. Ella mira al niño como queriendo preguntarle algo, pero escucha pasos entrando al cuarto. Como tambaleantes y difíciles. Muchos. Como de borrachos. O de alguien a quien repentinamente le fuera ya difícil caminar en dos pies, y necesitara constantemente apoyarse de paredes e incluso del piso mismo. Ahogando la voz, mira al niño fijamente.

– (Ya llegaron…)

– (¿Quiénes…?)

Como si el mundo respondiera a la pregunta misma desde su silencio, en la sala se empezaron a escuchar toda clase de ruidos anómalos y casi espectrales. Como si las palabras hubieran regresado al gruñido y grito inicial de hace veinte mil años, se escuchaba en la sala una verdadera algarabía y jauría de brutales bufidos, largos y profundos quejidos como de alguien inmerso en una constante muerte y putrefacción; chasquidos de lenguas pesadas y rugosas, como si les faltara aire para hablar; ciertas combinaciones de gruñidos secos, sin aire en los pulmones, sin vida en la lengua; como una palabra antigua tratando de abrirse paso entre la carne muerta. Así eran las voces de los monstruos, si se pudieran catalogar de ese modo. La enfermera y el niño son incapaces de mirarlos. Pero nada más terrible que escuchar algo e imaginarlo, porque la mente es mil veces más despiadada y desagradable. Un ruido extraño y largo en el interior de un closet a las tres de la mañana nos hace estremecer de miedo. El sonido de un pie descalzo en una casa que creemos vacía puede hacernos figurar pesadillas atroces. Los ruidos de la calle bajo nuestra ventana. El bullicio descarnado del campo al anochecer. Los sonidos de algo que se levanta para caer luego de bruces, como si su sola existencia fuera un suplicio. Algunos pies parecen descalzos y húmedos porque se escucha cuando se despegan con dificultad de la baldosa. Andan como animales drogados en su paso lento y torpe, tumbando todo a su alrededor. Los muebles caen y a la explosión del ruido sigue el silencio. El silencio es como un mar, donde de tanto en tanto asoman como aletas de negros tiburones, los quejidos y gruñidos de los monstruos, acechantes y temibles. Los ojos de Pipe y Doña Marina parecen de vidrio. Se nota que no han respirado en largos segundos. Conteniendo la respiración, la vida. Uno respira a cuenta gotas cuando sabe que va a morir pronto. Los pasos cada vez están más cerca de la cama, a su alrededor, ¿rodeándolos? El niño mira entre el edredón y la luz le permite ver algo, como quien se asoma por una rendija a la entraña del infierno. Ve unos pies descalzos, llenos de pústulas abiertas; la piel roída apenas cubriendo las venas azules y gordas, repletas de sangre estancada, negra y sin vida; las uñas amarillas y sin brillo, y algunos dedos desfigurados a mordiscos, terminando en muñones negros donde las grises falanges asoman, como desde una abierta madriguera de tendones. Abre la boca en un grito congelado que no se escucha jamás, porque la enfermera en un santiamén le tapa la boca por completo con ambas manos. Pero en ese movimiento brusco, algo sale veloz y sonoro del bolsillo de la enfermera… ¡una moneda!

El giro de la moneda contra la baldosa es alto, sonoro y brillante, casi como el gorjeo de un pájaro. Es una curva amplia y casi imposible de parar, girando de canto, alegre y despreocupada. Las monedas existen en el mundo para delatar a los traidores, a los medrosos, a los faltos de carácter, a los débiles. Una moneda es un símbolo de otras monedas. Las que arroja Judas en el campo del alfarero en el gesto más banal y teatral de su arrepentida vida. Las que acepta el mendigo ciego a Julio Cesar la mañana antes de ser apuñalado por Bruto. También la moneda que aguarda en el bolsillo de un soldado muerto en un pueblo abandonado; en un cajón de una casa abandonada en el Valle del Cauca; bajo las oscuras aguas de la fuente; herrumbrada en la hierba bajo la lluvia; la moneda que paga un pan o el precio de una vida. Detrás de cualquier moneda se oculta un mundo de sorpresas. La mujer estira rápido su brazo para detener la moneda y así también, su despiadado sonido delator. Ella, Doña Marina, pobre mujer sin carácter, viuda y esperando un bebé con más de cuarenta años, delatada por una moneda en el peor instante de su entera vida. Con un golpe seco e involuntario de la mano detiene la moneda casi por fuera de la cama. El silencio. Total y absoluto silencio en la sala. Ni siquiera se escuchan los gruñidos de los cinco cadáveres de los veteranos de guerra que habían regresado a la sala inicial, de donde partieron con otros tres más para sembrar la carnicería y el horror por el resto del inmenso Asilo. La mujer y el niño se miran lívidos de miedo. Sin respirar. Pasan saliva para humedecer la garganta. Nada peor que morir con sed, que llegar sediento a donde no hay ríos ni agua ni nada. No sienten su cuerpo por el terror mismo. Desdoblados por el miedo, como un par de blancas hojas a punto de ser desprendidas salvajemente del Libro de la Vida. Doña Marina todavía con la mano estirada sobre la moneda delatora. Silencio. Ni un gruñido, ¿se habrán ido? Sin embargo…

– !!!!!!Aaaaaaaaahhhhhhhhh!!!!!!!

El grito agudo de la mujer pareció más el alarido de una campana, cuando una mano arrugada, sangrienta y llena de fuerza, la jaló de repente de su mano totalmente fuera de la cama, levantándola del suelo y casi arrojándola en el aire. Arrojándola directo al banquete de los Antiguos Dioses, como un oscuro y codiciado manjar en la bandeja del Baco de Caravaggio. El niño aún escondido detrás de los pesados edredones y debajo de la cama, debe ser testigo de la delirante escena, cuadro a cuadro, como en una galería de arte macabro: la mujer en el suelo implora piedad a los cinco monstruos que la rodean tambaleantes y deshechos en sangre seca, con sus bocas negras y la piel hecha retazos por las llagas cada vez peores, y los ojos, ¡los ojos grises y vidriosos con las pupilas negras y sin vida, como planetas agonizando en el infinito éter! Uno de ellos se acerca a ella. Parece más un lobo por su modo de caminar, casi a cuatro patas, abriendo la boca sin parar, coge una de sus manos con curiosidad, temblando como un animal hambriento ansioso por destrozar un ave entre sus zarpas. Las quijadas de la mujer tiemblan mientras se mezclan con su llanto. Sabe que no pueden entenderle, y repite monótonamente “piedad”, “piedad por mí, por mi bebé”, “tengo un bebé”, “piedad, lo ruego”. Piedad, qué hermosa palabra para repetir hasta morir. Una palabra del tamaño de un mundo. La Piedad de Miguel Ángel y la no-Piedad de los muchos. Parece un ritual bárbaro por el silencio y la expectativa de los verdugos rodeando a la victima que no para de llorar, gimotear y proteger su vientre, mientras sigue de rodillas. Por sus mejillas escurren largas y espesas lágrimas ya negras por el maquillaje desfigurado por el inútil llanto, porque cuando se es un manjar en el Banquete de los Dioses llorar no tiene sentido ni importancia. “Piedad por mí, por mi bebé”, “tengo un bebé”, “piedad, lo ruego”. El monstruo cuadrúpedo abre su boca y clava sus dientes de sierra en la mano de la mujer, que sangra jugosa como un racimo de uvas. Piedad. Doña Marina no para de gritar y sus gritos son tan agudos que parecen en silencio. El niño se tapa los ojos y cree dejar de oírla por segundos. Así son esa clase de gritos. Como si despertaran una alarma en los monstruos, todos se abalanzan sobre ella, con las zarpas afiladas y las bocas babeantes de sangre, como buitres sobre una res. Uno de ellos se monta a horcajadas sobre su espalda y la toma del cabello, anudándolo fuertemente en sus dedos callosos, la levanta. Ella grita. Piedad. Piedad. El cuello casi arqueado hacia atrás, como tomando impulso. Parece un nadador a punto de zambullirse en un fantástico estilo mariposa, intentando proteger su vientre como una débil llama ante un huracán. La bestia azota de un puñetazo el rostro de la mujer contra las baldosas. Nada más difícil de olvidar que el sonido de un tabique quebrándose. Es un dolor extraño. Nunca duele en la nariz, sino casi al final del cuello y sobre las encías. El sabor a sangre, a potasio, a miedo, bajando por la garganta. La levanta de nuevo, como guiándola en su nadado de estilo mariposa. Doña Marina siente como la vida en su vientre se va apagando débilmente, ya no importa si será Natalia o Andrés, ambos ella y su bebé están servidos en el Banquete de los Dioses. De su nariz quebrada escurren largos hilos de sangre. Pareciera que el monstruo la deja tomar aire para una segunda zambullida, puesto que nuevamente estrella su rostro contra el suelo. Obviamente no es el único comensal en el banquete de los Dioses. Piedad. Piedad. Otros han empezado a morder con fuerza los tobillos de doña Marina, pero los tendones son duros y prefieren buscar carne más suave en sus muslos. El dolor es imposible y la mujer da patadas, así como un búfalo defendiéndose en una charca llena de pirañas. Las patadas hacen retroceder momentáneamente a los monstruos, pero regresan ávidos y hambrientos, con sus cabezas, algunas calvas y otras con el cabello gris y revuelto, como raros faunos de mármol a la media noche. El cuadrúpedo devorando la mano se relame gustoso en las falanges, intentando arrancarlas con las manos. Piedad. No para de gritar. Por tercera vez estrella la bestia su cara contra el suelo. De lado. El golpe contra el oído es doloroso y resuena brutal en el aturdido cerebro de la mujer. Abre los ojos. Encuentran los suyos los ojos abiertos y llorosos del niño, escondido debajo de la cama. Una mirada fugaz de dos condenados a muerte. De esas que se cruzan en los autobuses y los ascensores, porque cada día estamos muriendo un poco. En un inesperado arranque de furia, la mujer intenta levantarse para huir, pero el monstruo que tiene a horcajadas suyo de un golpe brutal arranca el manojo de cabellos castaños del que sostenía su cabeza. La sangre mana ligera y fácil de su cráneo, como el agua de un odre para el sediento. El dolor la hace arrodillarse y llevarse una de sus manos a la cabeza, llorando como una niña, como ni siquiera cuando perdió a su esposo supo llorar. La otra sigue alimentando al cuadrúpedo. Piedad. Piedad. Cree que va a perder la conciencia, cuando un empujón inesperado la arroja de bruces con la cara de lado, regresándola a la brutal realidad: está siendo devorada y acaba de perder su oportunidad de morir por shock nervioso. Otra vez está consciente. Más ahora que uno de ellos ha clavado sus dientes en su oreja. Qué fácil es arrancar un cartílago. Más cuando se tiene hambre. La sangre fluye del hemisferio del cráneo sin oreja hacia adentro. Irónicamente siente una mezcla de dolor y cosquillas a lo largo del oído. Es un dolor inexplicable y es difícil entender por qué el dolor en el oído hace perder inmediatamente el equilibrio. La mujer se retuerce en el piso aún cubriendo su vientre con ambas manos, como contradiciendo la célebre frase del emperador mongol Tamerlan, “nadie puede caer más allá de la tierra”. Piedad. Piedad. Piedad. Piedad. Piedad. Piedad. No para de gritar. Siente un dolor profundo en el bajo vientre. No se atreve a mirar, pero sabe que unas manos afiladas y oscuras lo están abriendo y esculcando como una alacena. Son manos callosas revoloteando enloquecidas, y siente (y sabe) que han encontrado a su bebé, que si hubiera nacido se llamaría Andrés o Natalia, y enloquecidos los monstruos por el feliz descubrimiento de encontrar más carne dentro de la carne, lo jalan a la superficie, y es así como doña Marina ve su última esperanza de vida levantarse en el aire. Por la roja sangre que la cubre no sabe si iba a ser niño o niña, solo ve un bebé todavía atado a ella por el cordón umbilical, sostenido en las afiladas manos de un alto cadáver con la camisa abierta, que abre la boca inmensa, cada vez más grande, dejando entrever sus colmillos afilados y quebrados, y devorando de un golpe su pequeña cabeza envuelta en líquido amniótico, como el pagano dios Cronos de Goya, devorando a uno de sus hijos, mientras otro cadáver se arrodilla y mordisquea con gusto el vientre abierto de doña Marina, quien siente a la vez un dolor frío en la espalda. Alguien ha clavado algo sobre sus costillas. Sabe que algo ha perforado uno de sus pulmones y siente esa agua negra derramándose vital sobre su espalda. Grita. Piedad. Por última vez, mientras pierde la conciencia y se hunde en un oscuro abismo, porque una boca depravada y de dientes como puñales aprisiona sus labios, callándola de repente con una furia inhumana, como aquellos peces del más oscuro océano que devoran a otros más pequeños, vivos y por la boca.

El niño no soporta más la vista de ese cuadro de horror, y sin importar que lo vean o no, sale de la cama corriendo velozmente, atraviesa la sala y tira con fuerza la puerta detrás de él como quien en sueños atraviesa del escenario de una pesadilla a otra, quizás peor.

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