LÁZARO

Capítulo 20

– Toma rápido un cuchillo, Alfonso.

– Pero es mi papá…

– Esa cosa no es tu papá. Aléjate.

El cadáver abre sus ojos sin vida, como las ventanas sin vidrios de una casa muerta y sin luces, donde ya sólo la habita la maldad. Los abre como dos abismos en el suelo del mar dejando subir entre las aguas la pálida luz de un antiguo infierno. Se incorpora lentamente como si le costara trabajo manejar su propio cuerpo, como si los fluidos espesos que ahora bajan lentos por sus venas, subieran y bajaran al ritmo de una marea de otro mundo. Casi moviéndose en cuatro patas, no tanto de un modo simiesco, sino como si fuera un extraño insecto tratando de incorporarse, alejado de todo canon humano. Todavía conserva una mano enredada en los sangrientos intestinos del asistente de medicina Pablo Gutiérrez, que espasmódicamente mueve sus piernas y brazos, como si fuera un doloroso títere pendiendo de extraños y rojos hilos. Estira la otra hacia Alfonso en un gesto difícil de entender, si es de amenaza o de ruego…

– Alfonso, el cuchillo…

Alfonso recuerda en un segundo su vida con su papá en la gigantesca casa de San Luis, frente a un inmenso parque que parecía por la lluvia sumido en un infinito atardecer. Recuerda cuando se quedaron sin su mamá devorada por el cáncer haciéndose cada vez más espectral hasta finalmente desaparecer por completo. Recuerda a su papá llevándolo al colegio Distrital más cercano y el mal sabor de la comida que él intentaba preparar para subsistir ambos en esa forma de clase media tan parecida a la pobreza. Recuerda cuando años más tarde comenzaron las pesadillas de su papá despertando en las primeras horas del amanecer, caminando de un lado hacia otro hasta caer de bruces al suelo rendido por un cansancio que parecía de décadas enteras, repitiendo la misma salmodia sobre un bosque maldito en una tierra infinitamente lejana, de un niño muerto y una carne que todos comieron una noche dos veces seguidas y de una mujer amarilla que no paraba de reír. Y ahora… ¿esto?

– María Paula, qué putas hago, es mi papá…

María Paula le pone un afilado cuchillo en su mano más como una obligación que por un sentido de protección. Ella recuerda los instantes en que tras el volcán de Armero estalló y la dejó frente a su papá y sus dos hermanitos envueltos en una marea de lodo y podredumbre, a menos de treinta centímetros del techo y casi flotando y petrificados a dos metros sobre el piso. Cuando su papá para terminar con una botella despicada la agonía de sus hijos, con su único brazo libre corta las venas de las manos de sus hermanitos y luego intenta darle muerte a ella pero al hacerlo se hunde como una res entre el espacio de lodo que quedaba entre ambos. María Paula sabe que toca afrontar la muerte de una vez por todas.

– No puedo, es mi papá.

Le tiemblan las manos a Alfonso mientras sostiene el cuchillo, mientras el putrefacto demonio se acerca lentamente, tropezando a veces con las entrañas regadas de Pablo, pero siempre con la mirada fija, como un cocodrilo avanzando entre el pantano, sin perder de vista a su presa. Nada más difícil de matar que algo con significado. Los recuerdos, los odios, la fe, los amores y la esperanza son a prueba de balazos y puñaladas. Viven y mueren con uno. Son parte de uno como la sombra y las cicatrices todas. La esperanza de la salvación nos pierde como el fuego a las mariposas, enredándonos como…

– ¡Alfonso, ayúdame! ¡Me cogió del cabello!

El horrendo caníbal enreda su mano corrupta de quebradas uñas en el largo cabello de María Paula, apretándolo y anudándolo con una furia insospechada. Dándole vueltas alrededor de su puño cerrado. La mujer cae de rodillas contra el embaldosado empapado de sangre en la cocina. El monstruo abre su boca peligrosamente cerca del rostro de la mujer. Los dientes astillados y rojos en sangre, las encías reventadas por el esfuerzo de desgarrar los duros tendones humanos, y el rostro lleno de pústulas como una extraña tierra volcánica. Alfonso sale del shock nervioso y en un rapto de desesperación comienza a estacar el cuchillo en la espalda del monstruo que ahora es su padre, pero pareciera que con cada golpe, adquiriera más y más fuerza el hambriento cadáver, abriendo pequeños pozos de sangre seca. María Paula grita enloquecida como una res a punto de ser destazada. Los cerdos siempre han tenido esa oscura facultad de saber cuándo van a ser destazados y desangrados. Lloran desde el día anterior y la sangre corre más aprisa estallando a la primera puñalada. El engendro del sepulcro abre más su boca, muy cerca de la nariz de la mujer. Un brutal mordisco y podría desangrarse por el tabique. Definitivamente un ser humano es tan frágil como una cometa. Alfonso golpea con más y más intensidad, y el trío cae de bruces al suelo, pero el monstruo no suelta a la mujer, quien se ahoga entre el aliento depravado de la bestia, sin dejar de pensar en el estómago abierto del cristiano todavía tendido en la cocina, rodeado de sus intestinos como un capullo abierto a la fuerza. Finalmente eso somos: carne. La carne devorando la carne misma. La carne apuñalando a la carne. El primer mordisco en la mejilla de la mujer es leve por la dificultad de la posición, sin embargo el pómulo sangra rápido, dejando ver la carne rosada y brillante tras la piel. María Paula aúlla de dolor y el hombre clava con renovada energía el cuchillo en la cara de pústulas abiertas del cadáver, quien no deja de lanzar mordiscos al aire como una sanguijuela ávida de sangre, que sigue devorando a pesar del fuego que la quema. Cuando se escucha un portazo y un grito de furia…

– ¡Quítese de ahí!

Al tiempo que un corpulento hombre sosteniendo con ambas manos un pesado extinguidor rojo, lo levanta en el aire describiendo un largo giro, para darle mayor potencia y proyección, directo contra el cráneo del monstruo que al primer impacto, estalla como una madera largamente podrida, en un crujido brutal y sordo, abriéndose enteramente como una flor de agua dulce, disparando pedazos grises, aguados y blancos del cerebro contra las paredes y el techo, seguidos de latigazos rojos de sangre por doquier. Cae inerte, todavía con el puño cerrado alrededor del cabello de la mujer, incapaz de soltar su presa en el último segundo.

– ¿Usted quién es?

Todavía incrédulo de su hazaña, empapado en sudor frío, responde casi mecánicamente por años enteros de presentarse de ese modo.

– Soy el encargado de servicios varios del asilo, don William.

Mientras el hombre desata el cabello de su esposa de los endurecidos y afilados dedos de ese monstruo que al final fue su padre, le pregunta en un tono de voz que es casi infantil. Ese tipo de preguntas que hace un condenado a muerte a otro, de esas que no tienen respuesta.

– Don William… ¿qué putas pasa aquí?, ¿dónde están todos?

El gigantesco hombre está sentado en el piso de la cocina, recostado contra una pared, todavía con los enormes labios temblando de miedo. Parece un toro bufando a estas horas de la noche, cuando el viento ha ido bajando y la luna de mil cuernos asciende por las escarpadas montañas de la sabana de Cundinamarca. Tiene los ojos clavados en un punto exacto al final de la cocina. Cierra los ojos como queriendo despertar de una pesadilla. Los abre y sigue viendo aquello que no se puede quitar de la mirada, como un tatuaje de horror impreso a fuego en sus ojos. Habla lento y profundo, midiendo sus palabras, como tratando de apaciguarse él mismo con su voz, tratando de entender lo imposible.

– Sencillamente se murieron todos para resucitar y acabar con todos nosotros.

– Don William, ¿qué pasó?

– La primera fue Angie… Una de esas cosas la mató en las grados y ella la volvió a matar con sus manos… Esa Angie era una verraca total… Íbamos a salir todos… No sé donde está doña Marina… Se comieron a los cuatro pacientes de fonoterapia… Una de esas cosas vomitó unos dedos y se volvió a morir… No entiendo ni mierda… Ya vi que también se comieron la cabeza del doctor Ortiz… Y ahora el pobre huevón de Pablito… no sé que es esta mierda… Se murieron y se levantaron a matar a todo el mundo…

Como en una extraña conversación post mortem, los restos de Pablo están al otro extremo de la cocina, recostado contra la pared, la boca abierta en un redondel sangriento y el bajo vientre hecho pedazos y lonjas que cuelgan sobre sus piernas estiradas. Sin mirar en ningún momento a la pareja, todavía con los ojos fijos en el cadáver, les habla al fin:

– ¿Y ustedes, me imagino, son la familia que había salido con uno de los viejos esta mañana, verdad?

– Primero la luz le hacía daño a mi papá. Luego empezó a vomitar y cayó en la inconsciencia. Vinimos acá para que nos asistieran…

– ¿Y Carlos Alberto… el enfermero que estaba con ustedes?

María Paula le responde secamente:

– Muerto.

Don William se tapa la cara con sus grandes manos ensangrentadas.

– Y también perdimos a Pipe, a nuestro hijo. Sabemos que está acá.

– Pobre niñito. Ojalá haya encontrado un buen escondite porque esta casa está llena de esas cosas. Hay seis más según mi cuenta.

– ¡Dios mío, Alfonso!

– A ustedes los escuché de milagro, porque yo iba a bajar a la despensa a buscar gasolina antes de largarme de aquí.

– … ¿Gasolina?

– Gasolina, señores.

Con su marcado acento del norte de Santander, de gente templada que no va con rodeos, con la obstinación que siempre ha tenido desde niño a raíz del asesinato de sus padres cerca de la plaza de Bolívar hace ya tantos, tantos años que parece una escena más imaginada que recordada, y luego tener que encargarse de su hermano menor hasta ese fatal día que solamente recuerda cuando se empina algunas cervezas los sábados.

– Tal como lo escuchan mis estimados, gasolina. ¿Ustedes se imaginan que pasaría si esas cosas se salen del Asilo y se dispersan por estas veredas en la noche, matando gente? Ya vio lo verraco que es matar una de esas cosas, yo con cinco o seis a la vez no me le mido ni por el putas. Esto toca es salir de acá, cerrar las puertas y prenderle fuego con esos hijueputas adentro.

– ¡¿Y nuestro hijo qué?!, ¿Qué se queme con esas cosas?

– Ah, eso es asunto de ustedes, búsquenlo que yo en diez minutos encuentro los galones de gasolina de reserva que siempre tenemos al final de la cocina, y le prendo fuego a esta casa gústele a la que le guste.

Don William se levanta como un buey infinitamente cansado de su jornada, y da la vuelta, dejando a María Paula y Alfonso absolutamente desconcertados ante esta nueva situación, en una cocina donde ya hay tres cadáveres empezando a descomponerse finalmente a esta hora de la noche. Tiene la mirada fija, como de quien ha tomado una decisión irrebatible y definitiva. En un raro gesto de cordialidad, les abre la puerta de metal de la cocina a los padres que lo miran sorprendidos, como invitándolos a ingresar nuevamente a la pesadilla, como el Ángel con espada de fuego que arroja a Adán y Eva de la puerta del Paraíso. Don William se ve casi inhumano, monstruoso y oscuro a la luz de la luna, con sus ojos taladrados de miedo y una rara convicción. Tantas muertes, tantas sangres pueden desquiciar a cualquiera. Tanto horror vivido en menos de quince horas, cuando el mundo salió de sus rieles, desbocando todo su caudal y monstruosidad. Alterar una mínima pieza en el rompecabezas de la lógica y matemática del universo humano, puede desembocar en una pesadilla, en un holocausto de dimensiones impensables. Qué frágil es el mundo que depende de su orden. Qué frágil es quien depende de su lógica. Porque en cualquier segundo, todo puede cambiar. Cualquier secuencia puede alterarse. La lluvia hacerse ácida y las rosas veneno. Todo puede pasar. Alguien puede no morir un día, ¿y qué sucederá, entonces? No seríamos tan frágiles si no fuéramos enteramente lógicos. Esa devoción torpe por la lógica y la matemática será nuestro cadalso pronto.

Sin saber exactamente por qué, don William que a sus casi cuarenta y cinco años no recuerda haber derramado una lágrima desde el asesinato de sus papás por un par de hampones del centro de Bogotá, tiene los ojos brillantes de lágrimas, con las pupilas temblando de miedo y las mejillas surcadas en largas líneas de llanto. Su garganta sube y baja, como ahogándose en su propio mar. Ese mar enlodado y espeso hecho con todas las amarguras almacenadas y guardadas con odio y esmero a lo largo de los años; ese mar interior donde están las palabras no dichas, los gritos ahogados, las traiciones y pecados que solo conocemos nosotros y la constante infelicidad de cada día; ese mar que sube desde la oscuridad de nuestras entrañas hacia la luz de nuestros ojos y nuestra boca, para desahogarse en largas lágrimas, negras y espesas. Ese mar de lágrimas acumulado día a día, año tras año, como un lodo que se acumula con la lluvia, donde arrastra con su turbulencia los amores negados para siempre que juntos parece una larga línea de puertas cerradas; ese mar de lágrimas enfangado y espeso de nuestra propia podredumbre, que nos carcome como aguas movedizas, lleno de discusiones inútiles con muertos y fantasmas que no pueden respondernos, porque muertos y fantasmas ya son y su silencio únicamente acusa nuestra soledad; ese mar de lágrimas fétido y salado que cocina nuestros huesos a fuego lento, donde de vez en cuando como cabezas de inmundos peces, se asoman nuestros sueños incumplidos de la juventud reclamándonos la sangre que les faltó para hacerse realidad: no estudiaste lo que querías, no enamoraste a la mujer que realmente querías, no viajaste a donde querías llegar, nunca conseguiste lo que verdaderamente querías, y ahora estás solo como un naufrago deshecho por la sal y muriendo en tu propio mar de lágrimas. Es necesario llorar dos o tres veces al día para desaguar un poco la peste y el fango que crece y se estanca en nuestro interior. De hecho, es llorar es más útil que comer o respirar. Llora no solo por los ojos, aprende a llorar en cada instante, con la boca cerrada y los labios apretados, con el lento bombeo de la sangre de tu corazón, con tus pulmones cada vez menos llenos de aire, con el polvo de tus huesos y con tu sombra que hasta en la noche misma te abandona. Llora sin diques ni barreras para dejar correr libre ese oscuro mar interior que te ahoga. Así nadie te escuche o todos lo hagan. Llora. Siempre teme de aquél que nunca llora, porque su podredumbre interior es mayor que la tuya. Don William recuerda cierto día fatal hace más de veinte años, enjuaga bruscamente sus lágrimas con las manos secas de sangre, como quitándose un lastre de encima, mira nuevamente el cadáver de Pablo, antes de perderse en el fondo de la cocina a buscar los galones de reserva de gasolina para incendiar el Asilo, al tiempo que María Paula y Alfonso salen disparados a buscar a Pipe en algún lugar. Como hablando para sí mismo, como justificándose al fin…

– Porque el fuego lo purifica todo.

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