LÁZARO

Capítulo 23

– No cabemos; realmente no cabemos los tres…

Murmura Alfonso con una voz casi quebrada por el llanto y la angustia de sentir como la horda de cadáveres hambrientos está a escasos metros de él y su familia. Porque la ironía es el verdadero y primordial átomo del universo y todos los caminos confluyen hacia la desgracia, como veloces ríos hacia un enfangado mar pleno de barcos desahuciados. Siempre estamos tan cerca de la felicidad y la salvación como Tántalo de los frutos y el agua que en su abundancia jamás tocan sus labios. ¿Qué es un héroe?, ¿qué puede ser un héroe en este mundo ridículamente moderno, tan lejano de la audacia de las espadas antiguas y del valor de la guerra?, ¿quiénes son los héroes que con su presencia hacen que este mundo valga un centavo para los Dioses? Los humildes, los silenciosos humildes, cuyo corazón de oro brilla como una antorcha en las tinieblas del universo. Los humildes, los silenciosos humildes, como gorriones que comparten su arroz con alegría. Quienes entregan su vida en cada minuto, son ellos quienes reciben la tierra prometida porque la han labrado desde el anonimato: una madre soltera que trabaja de día y noche para alimentar a sus hijos; un profesor que siempre enseña algo sin importar si es su hora de descanso o no; alguien que comparte sus mendrugos con un perro bajo un puente; quien cede a otro el último sorbo de agua o una sopa caliente; el enamorado que acepta la amistad como un irrevocable atardecer. De ellos, los héroes, los humildes, es el mundo y también el anonimato. Un héroe es quien abraza una causa perdida para ganar el mundo. María Paula recuerda en un instante los días y las noches de Armero, las casas destrozadas ahogadas para siempre en el lodo, el frío devorando los huesos como invisibles ratas, el olor a la carne corrompiéndose por la gangrena, los gritos y el llanto de veinticinco mil almas desprendiéndose de la carne que agoniza. Sin pensarlo un segundo más, empuja con toda su fuerza a Alfonso contra su hijo Pipe arrojándolos al estrecho cuarto de limpieza, mientras cierra de un golpe la puerta, con una determinación absoluta.

– ¡María Paula!, ¡Por Dios que estás haciendo!

– ¡Mamáaa!

– Pipe, es mejor así. Tu papá debe estar vivo para poder sacarte de aquí.

No hubo más diálogos. La decisión ha sido tomada y una puerta más se cierra en el mundo para siempre. La legión de monstruos rodea a María Paula y sus largos quejidos y gruñidos resuenan en todo el pasillo, como una diabólica polifonía, llena de matices y tesituras: los tonos altos del llanto del recién nacido en la cuna, el siseo amenazante y repetitivo de la serpiente, el gruñido seco y ahogado del búfalo, la tos repetitiva y dolorosa del anciano ahogándose en la noche, el ulular de las jóvenes en la primavera, el rechinar de los dientes de los furiosos orangutanes, el abrir y cerrar secamente de las mandíbulas de los cuervos sobre los ojos de los ahorcados, el rugido largo y hambriento del tigre y la pantera, el chasquido lento del hombre cuando miente, porque las voces del Diablo, las voces del Mal, son las voces todas del universo en un solo instante. Así eran las voces y los sonidos de las gargantas muertas de estos monstruos resonando en el pasillo mientras se acercaban a María Paula, olfateándola como demoniacos ciegos, aspirando el olor dulce de la carne fresca a punto de ser destazada. La mujer introduce su mano a lo largo de la rejilla, y aprieta las manos de su hijo y su marido, todavía consternados y temblorosos. La mano es suave y firme, sin miedo. Es la mano de un mártir y los mártires jamás mueren temblando. Los cristianos saludaban la muerte cantando desde la arena sangrienta del coliseo, al igual que los mártires de Bizancio o los judíos masacrados por el nazismo. La convicción y el sentido de la muerte los hace fuertes, invulnerables y hermosos ante los ojos de los dioses. ¿Qué es la muerte, cuando se está convencido del sentido y el valor de morir? Nada. Nada es la muerte ante la convicción que impulsa la vida. Quien muere dudando, muere en vano.

– Adiós Pipe. Adiós, mi amor. Alfonso, salva a Pipe.

En ese mismo instante María Paula aprieta la mano fuerte de su esposo y muerde los labios para no gritar de pavor, cuando los monstruos la rodean y siente el primer zarpazo ardiendo en su espalda, que baja como una larga y despaciosa llama desde su hombro hasta sus últimas costillas, abriendo un largo corte en su camisa que se empieza a empapar rápidamente de negra sangre como un jugoso viñedo. María Paula cierra los ojos haciendo un esfuerzo supremo para no desdoblarse del dolor, porque siente las garras afiladas de los otros muertos despedazándola de arriba abajo y en todas direcciones, como pelando una cebolla humana que se va tornando roja y negra a cada instante. Aprieta cada vez más la mano de su hijo y la siente pequeña como el ala de un pájaro recién nacido. Ni Alfonso ni Pipe se atreven a llorar. Tanto es su terror. Como si el olor a potasio de la sangre derramada enloqueciera a estos animales del sepulcro, crece la algarabía, y uno de ellos se levanta como una anaconda estirando su cadavérico cuello y abre su boca astillada de dientes afilados como puñales, y la cierra de un doloroso golpe contra el hombro izquierdo de la mujer. María Paula grita de dolor y su familia grita también a escasos centímetros suyos, sin dejar de soltar su mano a través de la puerta. El cadáver jala la carne del hombro como largos flecos ensangrentados de carne que dejan ver casi enteramente el amarillo hueso cubierto por una especie de gelatina amarilla que escurre lentamente, junto con la sangre. María Paula escucha como el monstruo detrás suyo traga secamente los pedazos de su carne, pero a la vez un segundo y tercer cadáver clavan con dureza las uñas corrompidas entre sus costillas, rasgándolas como si fueran papel mantequilla y rajando su tórax en cien lonjas de carne, que las arrancan como desgranando frutos de estación. Grita nuevamente dejando soltar todo el aire de sus pulmones, pero casi al tiempo siente un halo putrefacto debajo de su ojo, para sentir al instante un brutal mordisco que va de sus labios y le cubre toda la mejilla como un amplio beso de Judas que destroza la belleza y la carne de un solo tajo. Siente como sus dientes se encuentran con otros dientes, alargados y astillados y envueltos en un abominable tufo a sangre y carne corrupta. Grita. Grita nuevamente. Alfonso tapa los ojos de su hijo para evitarle ver semejante infierno. Vaya cuadro: una mujer de cara contra una puerta, decidida y llena de fuerza, agotando su vida para evitar que los monstruos entren al cuarto donde se esconde su familia, en mitad de la pesadilla. Se sabe que en épocas de escasez, los pelícanos hembra abren su propio pecho a picotazos para que sus hijos puedan alimentarse, pero esto es único. La sangre empieza a escurrir, delatora y ligera, bajo el marco de la puerta. Sangre de mamá. La más dulce de todas. María Paula mira por última vez el rostro de su esposo y de su hijo tras las rejillas de la puerta, sintiendo como unos largos y negros dedos clavan desde atrás sus uñas en su rostro, hundiéndose como aguijones y desfigurándola por completo en mil dolorosas líneas de sangre como un Nazareno recibiendo la corona de espinas en pleno rostro. La mujer aprieta sus labios hasta sangrar. Siente una serie de mordiscos que duelen como llamaradas en su espalda y unos afilados dedos entrando en sus entrañas y abriéndola como una bolsa de dulces regalos para los hambrientos de las tumbas. Escucha desde lejos veinticinco mil voces que la reclaman al lodo del que fue salvada hace casi treinta años. María Paula cierra con más fuerza los ojos, aguantando la respiración, para hundirse pronto en la oscuridad, en la inconsciencia, como huyendo de la jauría brutal que la devora palmo a palmo. Suave y delicada, como una sombra que se retira discreta ante la presencia del sol, soltando la mano de Pipe, incapaz de cerrarla para no olvidar el peso tibio de la mano de su mamá estrechando la suya.

– Mamá…

El sonido sordo de un cuerpo cayendo de bruces contra la puerta fue la única respuesta. El disco de sangre sigue creciendo bajo los pies de Pipe y Alfonso, y aumenta también el sonido bestial de las fauces masticando la carne de María Paula y desordenando frenéticamente las entrañas, arrancándolas con las manos afiladas y cortándolas con los dientes aserrados, como piratas disputándose el más codiciado y jugoso tesoro, armando una gritería de proporciones inauditas, porque las voces del Diablo, las voces del Mal, son las voces todas del universo en un solo instante. Sin embargo, desde la sala se escucha una voz bastante familiar:

– ¿Ya encontraron al niño? ¡Tenemos que salir ya mismo! ¡hay gasolina regada por toda la casona!

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