LÁZARO

Capítulo 3

1 de octubre de 2012 – Bogotá, Colombia

– ¿Cuánto tiempo llevan así?, ¿estarán muertos? Me da angustia ver esos viejos tan, tan quietos. Es como si ni respiraran ni nada.

– Ni idea, Ángela María. Tres horas tal vez… Imagínate que cuando bajé en mi turno a las cuatro de la mañana los encontré así. Totalmente quietos, había unos sentados en sus camas, con la mirada fija en un punto de la pared.

Justo ante la puerta abierta de par en par de la sala de cuidados del ancianato, conversan dos enfermeras vestidas de blanco, sentadas en dos butacas de metal. Afuera del asilo donde se encuentran, la luz de las ocho de la mañana arde brutal, como esos días de sol en Bogotá que son intolerables y presagian la lluvia por la tarde noche. Al interior de la sala de cuidados hay algo menos de diez ancianos inmóviles, como ajenos al calor y al tiempo mismo. Tendrán en promedio unos setenta y cinco años o tal vez ochenta. Todos están incorporados, como estatuas vacías de toda vida, en sus camas, apretando las manos entre las roídas sábanas del asilo, que sirvieron años atrás para dar lecho de muerte a otros ancianos, y así hasta la saciedad. Solamente sus ojos tienen un leve brillo en la oscuridad, como estrellas blasfemas cuyo fuego tiembla en la más profunda noche, porque el resto de la sala está cubierta por grandes y enormes cortinas dobles, ocultando los posibles muebles y nocheros con los vasos de agua y recipientes con pastillas. Las dos mujeres siguen hablando casi susurrando…

– Marina, ¿y usted les tomó el pulso cuando los vio así de quietos a esa hora?

– Que sí, Ángela María, mira que les tomé el pulso hace media hora y están bien, pero simplemente se encuentran quietos. No tengo ni idea de por qué.

– ¿Será que se van a morir como el de ayer?

– Ni digas eso… Sería la locura esa vaina… Es que Ángela, hace menos de cinco días para acá estos viejos no soportaban la luz del sol ni la luz eléctrica ni nada, ¡nada!, ¿viste cómo se les cubrió la piel de úlceras y ampollas desde el primer día que les empezó a afectar el sol?

– Uy sí, Marina, qué asco. Asco total. Era asqueroso. Parecían llagas abiertas. Y más en la piel de un anciano con lo frágil que es… Me da asco solamente pensar que tendremos que cuidarlos luego.

– Pero mira, lo raro es que tampoco los viejos toleran el agua. Angie, mi vida, es que llevan casi 12 horas sin tomar pastillas porque apenas empiezan a beber agua, la vomitan de una. Eso no es normal…

Desde lejos y con la difusa luz del exterior, se ven las losas del suelo brillantes y temblorosas por amplios charcos de agua y vomito prácticamente líquido, donde de tanto en tanto se asoman las cápsulas y las pastillas. El olor es detestable y recuerda los peores pasillos de las escuelas públicas. Los ancianos siguen incorporados con sus nudosas manos engarfiadas en sus sábanas, con los ojos fijos y brillantes anclados en un punto fijo más allá de las paredes del asilo, ubicado en una de las amplias veredas de Cundinamarca, cerca de las enormes y filosas montañas y laderas rocosas, que parecen rojizas al amanecer y se hacen grises como cadáveres cuando llega el anochecer, reforzando su apariencia de avanzada corrupción por los amplios pastizales que las cubren. Los ancianos tienen fija su mirada más allá de esas montañas, como esperando una oscura señal, un imposible silbato para perros salvajes que se activa desde realidades ajenas a la nuestra, desde imposibles abismos y antros de la maldad.

Ángela María revisa en su agenda los nombres de los ancianos por sus apellidos, y los mira uno a uno como contándolos, mientras agudiza la vista en la oscuridad. Así de inmóviles y muertos parecen ellos.

– Ramírez… García… Restrepo… Parra… Carrillo… Sandoval… Bravo… Rojas…

Parece que hay un error. Vuelve a contarlos uno a uno, como percibiendo algo malo en el ambiente.

Marina, con cierto aire de superioridad, la saca de su conteo mental:

– A ver, Ángela María, recuerde que al paciente Aguirre su familia lo recogió a primera hora para un paseo matinal con el enfermero por si algo le pasa. Ese era el único que estaba como bien. A eso súmele el que se murió ayer y tiene los diez veteranos que tenemos acá desde hace tres años.

– Es que nadie los quiere ni poquito, ¿no?

– Pero cero. Cuando cerraron el Asilo de Veteranos de Guerra nos los pasaron para cuidarlos. De verdad que pobres tipos. Les toca ir a pelear una guerra en un país del que no tienen ni la más remota idea. Regresan y les dan un par de medallas y luego no los contratan en ningún lado, ni en empresas de seguridad ni nada. Muchos terminan con enfermedades mentales o físicas, y están jodidos por decir lo menos. Pasan los años, a veces les envían la pensión y otras no, para pagar un miserable alquiler y terminan en un Asilo de Veteranos, que luego lo cierran por falta de fondos, y terminan aquí de arrimados en esta vereda. De verdad que están jodidos y la guerra jode a todos.

– Total. Pobre gente. Al menos Aguirre tiene familia que lo visita, ¿pero estos?

Los ancianos de la sala están ajenos a todo el diálogo de las enfermeras. Como negros reptiles en hibernación, mirando sin mirar. Con sus manos manchadas y roídas por el tiempo, los soles y las noches. Huesudas, duras y filudas como alas de aves de rapiña. Las uñas partidas, descuidadas y amarillas y casi verdes en la cutícula. La piel adherida débilmente al cráneo y los párpados como bolsas arrugadas. Llenas de úlceras y algunas abiertas en sangre por su nueva aversión al sol. Los dientes partidos y caídos en desorden, como en una mueca espantosa. Algunos pies descalzos y cadavéricos surcados por algunas venas prácticamente huecas y vacías, como un decorado inútil de la muerte. Y los ojos hundidos en la oscuridad y sin el menor brillo, como ausentes de pensamiento y humanidad. La última cuadrilla del célebre Batallón Colombia, héroes olvidados de la guerra de Corea, se desvanecía lentamente en su tiempo sin tiempo, como frutas secas corrompiéndose en pleno invierno, o como caballos cansados hundiéndose en el lodo profundo.

– De verdad que parecen muertos.

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