LÁZARO

Capítulo 5

– ¿Me alcanza el escalpelo, por favor?

– Doctor Ortiz, disculpe que insista nuevamente, ¿no es mejor llamar al Instituto Nacional de Salud? Esto es muy extraño y es mejor no asumirlo nosotros.

Dos hombres discuten casi sin mirarse en la amplia sala del segundo piso del Asilo, y un cadáver desnudo reposa entre ellos sobre una amplia lámina de metal. Serán acaso las nueve de la mañana y únicamente se escucha el palpitar interminable de las manecillas de un reloj de agujas en la pared, el zumbido de los ventiladores que mantienen fresca la sala y la electricidad del único refrigerador para cuerpos que tiene la sala de autopsia. El doctor Felipe Ortiz mira con superioridad y un dejo de desprecio a su joven asistente forense, y con su tono de hombre viejo y cansado, le responde con dureza, mientras se acomoda mejor sus guantes de látex:

– ¿Asumir, Gutiérrez?, ¿es usted imbécil?, ¿cómo se le ocurre que vamos a llamar al Instituto? Nos cerrarían inmediatamente este lugar. Yo sé que no tenemos ni idea que está pasando. Pero tampoco podemos anunciar públicamente que tenemos más de media docena de ancianos en estado comatoso. Nos retirarían inmediatamente los fondos públicos de manutención para el Asilo. Además no todos están mal. Fíjese en los cuatro ancianos que están en la sala de cuidados geriátricos para fono terapia. ¿Qué tienen? Nada, absolutamente nada. Siguen en su estado vegetativo habitual, ¿qué se le puede pedir a alguien que ya pasó los ochenta años? Vea que ni siquiera se han enterado del problema en que estamos metidos nosotros.

– Pero, doctor Ortiz, estos que están enfermos son únicamente los ancianos que son veteranos de guerra, los que nos trajeron del asilo hace unos años…

– Por lo mismo, Gutiérrez, esos son unos pobres diablos, un despojo de guerra. ¿Quién pregunta por ellos? ¡Nadie! Sus familias jamás los visitan y rara vez llaman a preguntar por ellos. Menos el gobierno colombiano que los mandó a la guerra para luego traerlos al desempleo y la miseria, a cambio de un par de medallitas inútiles. Entonces, qué vaina por ellos, pero ni modos. Pobres cabrones por estar metidos en la guerra contra países que ni siquiera saben pronunciar correctamente su nombre; falta ver qué clase de drogas y enfermedades adquirieron y ahora la están pagando caro. Pero eso no es problema nuestro, igual los viejos se mueren y punto. Lo que tenemos que saber es qué diablos les sucedió, porque no podemos correr el riesgo de que haya sido un medicamento mal administrado de parte nuestra.

– ¿Y si pasara lo peor, doctor?

– A ver, ¿qué es lo peor para usted?

– Que todos se murieran como este que tenemos acá.

Tendido en una fría lámina de metal, como si fuera un extraño fruto caído de otro mundo, reposa inerte un anciano desnudo de piel apretada contra los huesos, los ojos endurecidos por la muerte y absolutamente todo, de pies a cabeza, cubierto de unas llagas circulares hechas costras de negra sangre, que parecen seguir estallando despaciosamente a pesar de no haber más vida en su interior. Estallando como el agua cuando hierve, aún después de haber apagado la caldera. Sangrando a pesar de un corazón muerto. Especialmente cuando el escalpelo del doctor pasa suave sobre la delgada piel del tórax hasta el bajo vientre, como abriendo en canal a un enorme pez. La sangre espesa, oscura y sin vida se desmadeja a los lados en decenas de negros hilos.

– ¿Ve, mi amigo Gutiérrez, lo fácil que es cortar la piel cuando está tan vieja? Es como cortar papel periódico mojado. Con justa razón el sabio Salomón aconsejaba no vivir más de sesenta años. Esto da lástima. ¿La sierra tipo 2, por favor?

La sierra corta con dificultad la caja torácica en forma de “Y”, que es el procedimiento indicado para las muertes naturales. El doctor Ortiz debe presionar bastante bien para aserrar el hueso desde adentro y no tener que repetir la operación. Aprieta con fuerza la sierra y el sonido primero es como un caucho cuando se revienta después de mucha tensión por los músculos del pecho, pero luego se hace crujiente y fuerte como serruchar una madera vieja. Su joven ayudante Pablo Gutiérrez, escasamente tiene veinticinco años, está en el último semestre de medicina y hace su año rural de apoyo en este Asilo venido a menos, va a la iglesia cristiana los domingos y sin embargo, le gusta la música de metal pesado como Therion y entabla conversación en cualquier instante, a diferencia del doctor Ortiz que únicamente habla para escucharse a sí mismo, ignora por completo la religión y le satisface hablar como ateo o blasfemo cada vez que puede para horrorizar un poco a quienes lo rodean.

– Uno cree que los huesos de estas personas están hechos polvo, ¿no, doctor?

– Sorpresas te da la vida, ¿eh? No creas, estos perros de guerra tienen cuerpos formidables para su edad. Años enteros dedicados a comer mierda en los peores países, a matar desconocidos y a cargar con el peso de un morral de supervivencia, con municiones y un rifle al hombro. Eso son casi dieciséis kilos de peso adicional en plena jungla. Mosquitos. Sol. Calor. Comer mucha, mucha mierda. Estos ancianos están mejor físicamente que nosotros cuando teníamos veinte. Lo que pasa es que ya no sirven para nada. No tienen edad para trabajar en ninguna compañía. Y no saben hacer nada más que matar. Son perros de guerra. Hágame un favor y use la manguerilla extractora para limpiar toda esa sangre y que no se nos dañe el análisis de los órganos.

Efectivamente, como si fuera una jugosa alacena preparada para primitivos dioses, dentro de la caja torácica flotan en una sangre espesa el bazo, el páncreas, el hígado y los apretados intestinos, y el líquido rojo y vital escurre desde los bordes de las costillas regándose a lo largo de la lámina de metal, hasta llegar a las rejillas por donde se pierden, como la lluvia en las alcantarillas. El asistente toma la manguerilla y va aspirando toda esa sangre cada vez más negra para dejar limpios los órganos, como un artista organizando un verdadero bodegón de las más extrañas frutas y legumbres. El cadáver del veterano de guerra sigue sangrando, aunque cada vez menos, por las pústulas abiertas en sus brazos, en sus piernas, en su pecho y en su cara, como si el más fantástico milagro de la multiplicación de la sangre sucediera en su interior.

– Gutiérrez, pronto, tome el humor vítreo para el análisis toxicológico.

El asistente con presteza toma una pequeña jeringa y la aplica la aguja contra el ojo izquierdo del cadáver, mientras abre sus párpados cerrados con sus dedos. La pupila del muerto parece un negro barco incendiándose en un mar de olas grises y azules, pero siempre dispuesto a regresar a la superficie al menor llamado. De ese ojo grisáceo y con la pupila casi totalmente desvanecida, sube pesado un líquido blanco a cuenta gotas por la aguja, llenando la jeringa, como una extraña asunción de la Muerte misma envuelta en ensangrentadas sábanas de hospitales, difuminándose en un atisbo de violenta luz. Así subía ese humor vítreo del hombre muerto.

– ¿De una vez extractores y pinzas?

Únicamente se escucha el monótono goteo de los fluidos corporales escurriendo pesados, rojos, grises y torpes a lo largo de los aparatos de drenaje. Dos hombres vaciando a un cadáver en una sala de autopsia en un Asilo en una de las tantas veredas protegidas por las heladas montañas de Cundinamarca. A pesar de los ventiladores, el calor se filtra debajo de la puerta y la luz del sol tiembla en las baldosas empapadas de sangre.

– ¡Esto huele asqueroso, dios mío! Doctor Ortiz, le recomiendo que lo revise pronto, con este calor este cristiano se va a podrir en menos de una hora, para que lo guardemos de una vez en el refrigerador.

– Por favor, sé que usted es cristiano, pero mejor no mencione a dios en estas circunstancias… Menos hoy que no encuentro ninguna razón de por qué se murió uno de sus Adanes, y por más que lo escarbamos no hay nada que justifique esto. Mejor dígame, ¿dónde están las pinzas especiales para retirar los músculos?

– …

– ¡Despierte, Gutiérrez!

– …

Por primera vez en muchos años el joven Gutiérrez perdió su elocuencia, quedando como petrificado ante una visión, que es como cuando alguien siente por segundos un desequilibrio en la realidad, una sombra proyectada por un objeto que se alarga más de lo normal, un brillo anormal en las plantas, un sueño repetido constantemente, una voz que nos llama desde el silencio de nuestro apartamento y que sólo escuchamos nosotros, ese no se qué de irrealismo en la naturaleza. Algo vio el joven Gutiérrez en esta escena que lo deja sin palabras y que a la vez es incapaz de entenderlo y expresarlo en palabras, ¿un imperceptible movimiento, acaso, de algo que ya jamás debiera moverse? No lo sabremos nunca, sin embargo el doctor Ortiz no destacaba por su sentido de la paciencia:

– Ya me tocó estirarme para cogerlas y pasar sobre esta cosa… A ver, quite de ahí, que usted no supo cuáles eran.

Notablemente fastidiado por la incompetencia de su ayudante, el doctor Ortiz estira su brazo, sobre la mesa de autopsia, para alcanzar de la mesa del otro lado las pinzas especiales que están en la bandeja de utensilios. Los va revisando uno a uno: sierras, martillos, cinceles, inyecciones, pinzas de todo tipo, extractores, escalpelos. Pareciera que es más fácil inventar la vida que entender la muerte. La bandeja brilla de un modo extraño. Realmente es un día de verano a pleno fuego. La mano tantea incierta el utensilio. El doctor está fastidiado de tener prácticamente su cara tan cerca de la boca del cadáver. Se incorpora rápidamente y se la muestra con renovado fastidio a su ayudante:

– Por fin la alcancé. Es ésta, véala bien para que no se le olvide.

– Doctor Ortiz…

– Estas pinzas son especiales para retirar los músculos que no son nada fáciles de remover. Menos los torácicos. Aprenda bien y no lo olvide.

– Doctor…

– ¿Qué quiere, Gutiérrez?

– Sus lentes están totalmente empañados.

– ¿Qué?, ¿empañados de qué? Pues debe ser sudor mío y ya.

– Doctor, es casi como si le hubieran respirado en la cara cuando usted se agachó…

– Pero usted es bien estúpido o supersticioso. Solamente estamos los dos y estamos a casi un metro mío de dis…

La frase se cortó en un alarido largo y agudo, casi simultáneamente cuando el muerto abrió violentamente los ojos. Grises y llenos de humor vidrioso derramándose por sus órbitas secas. Las pupilas casi deshechas y sin el menor atisbo de humanidad. Pupilas de animal de mar y de noche. Las pupilas monstruosas de Lázaro desde el sepulcro, guiado por el demonio hacia la luz del milagro. Arrojado violentamente a la vida, como el cuerpo de un ahogado, desmigajado y rebosante de vapores malsanos, que el océano expulsa desafiante y odioso a la superficie. En milésimas de segundos el cadáver se había incorporado como una brutal marioneta jalada de invisibles cuerdas de acero, y tomando el afilado estilete que reposaba a su lado, y asestando con éste un golpe mortal…

– …tanciaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Una mano seca y cubierta de pústulas sangrantes clavaba, en milésimas de segundos, un estilete largo y agudo en el muslo derecho del anciano doctor, haciéndolo gritar con todas sus fuerzas. Un grito agudo que expulsaba todo el aire de sus pulmones. El doctor aún sosteniéndose del borde de la bandeja de disección, mira perplejo al cadáver que también le mira fijamente, pero sin el menor atisbo de ira o furia, todavía con las pinzas abriendo su pecho en una “Y” dejando entrever sus rojas entrañas. Como si el más simple y natural de los actos reflejo post mortem, fuera tomar uno de los utensilios de la autopsia y asesinar al doctor que la preside. El ayudante Gutiérrez se ha caído de espaldas al suelo, retrocediendo sentado apoyándose de la palma de sus manos hacia la esquina del cuarto, poseído de un miedo absolutamente fuera de este mundo, en medio del sonido estrepitoso de todos los instrumentos de metal, desatando toda la tensión acumulada, viendo como el cadáver todavía sentado en la mesa de metal hunde cada vez más y más y más y más el estilete en el muslo del doctor, quien siente un largo dolor que le estremece todos los nervios de la pierna hasta la punta de los dedos.

El doctor Ortiz toma por reflejo para no caerse el cuello de su asesino, que no deja de hundir impulsivamente el afilado estilete en su pierna, mientras la sangre empapa las baldosas de la sala de autopsia, y caen ambos en un solo movimiento. Como un caudal abierto, la oscura sangre brota de la arteria femoral, llevándose en ese lento y constante río los recuerdos del doctor Felipe Ortiz, a modo de extrañas fotografías que se van traslapando unas sobre otras, recordando entre una rara mezcla de nostalgia y curiosidad sus días de infancia en el caluroso Valle del Cauca, cogiendo todo tipo de bichos como cucarachas, babosas y mariposas para abrirlos de par en par y curiosear qué tenían adentro, mientras dichoso los veía temblar de dolor y auténtico terror; las largas tardes en la piscina del colegio del Berchmans hundiéndose en el cloro y mirando desde el agua el sol intenso e imaginándoselo como una gran llamarada acercándose al mundo; los semestres de medicina en la Universidad del Valle, caminando por los largos senderos cubiertos por las sombras de los altos árboles; el traslado como médico director general a un asilo en las afueras de la fría Bogotá, y así todos sus recuerdos, mientras descendía a la inconsciencia, como un fresco sudario descolgándose de la luminosa intemperie por un oscuro y húmedo pozo de paredes de salitre hasta la tierra del cavernoso y último sepulcro, no sin antes escuchar la frase final de su odiado asistente Gutiérrez, casi tartamudeando:

– … ¡Dios mío! Se está bebiendo la sangre del doctor a lengüetazos…

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