LÁZARO

Capítulo 6

– Ave María Purísima, Marina, ¿si escuchó ese grito en el segundo piso?

– Parecía el doctor Ortiz, Angie…

Como si un grito desde lejos pudiera hacer un daño mortal, Marina cubre con sus manos su vientre de cinco meses de embarazo, como protegiendo instintivamente la vida que allí crece como una semilla abriéndose paso entre la tierra seca que largamente ha sido infértil, como un cabo de vela sosteniendo su aliento en el frío de la media noche. La criatura si es niño se llamará Andrés y si es niña Natalia. Ángela María la mira con sus ojos vidriosos que acentúan su piel oscura y sus rasgos duros, como confirmando la rara situación:

– ¿Seguro fue el doctor Ortiz? Ya no se escucha nada…

Para sacarlas de toda duda, se acerca un hombre corriendo por el pasillo desde el ala izquierda del primer piso, donde está la amplia cocina y despensa, hasta la sala todavía a oscuras, donde todavía están los veteranos como inmemoriales estatuas de soldados de Terracota, con los ojos fijos y casi sin pestañear, como insectos voraces que cada tanto cierran y abren sus alas para hacer creer que están muertos, cuando por dentro están rebosantes de vida, hambre y maldad. Es un hombre de baja estatura, obeso, de brazos gruesos y mirada bonachona, con un traje casi enteramente blanco, que pregunta jadeante y con voz gangosa:

– Mis doñas, ¿escucharon lo que yo escuché?, ¡qué alarido tan salvaje ese! Lo escuché desde la cocina…

– Don William, pues parecía el doctor Ortiz, creo…

– Pero ya no se escucha nada, ¡nada!

– Pues mis doñas, vamos a revisar qué pasó con el doctor Ortiz, que hasta donde tengo entendido estaba haciendo una autopsia o algo así con el viejo que se murió ayer, ¿estaba con el practicante, con Gutiérrez, no? ¡Subamos de una vez!

– ¿Y quién va a cuidar de los ancianos de esta sala?

– Nadie Angie, nada les va a pasar. Ya ni se van a mover de ahí. Vamos con don William al segundo piso.

Las tres figuras se acercan al hall que da contra los grandes ventanales de la puerta principal, por donde entra la luminosidad de las diez de la mañana, y se ven difuminadas por el cristal los verdes árboles de las fanegadas de montañosa naturaleza que rodean al Asilo. La luz es cada vez más insistente en las cerámicas del piso del amplio hall del asilo, y hacer ver casi blancos los envejecidos muebles de la recepción y la puerta de metal que da paso a la gigantesca cocina donde preparan la comida de los pacientes en el Asilo. Lentamente suben la larga escalera de caracol de madera agrietada y veteada de negro por los ya casi cincuenta años que tiene de antigüedad la edificación, la cual fue primero hospital militar en los años de la dictadura de Rojas Pinilla, luego fue cerrada casi diez años para ser reabierta como una pequeña escuela municipal para los niños de las veredas circundantes, y finalmente organizada como un Asilo para personas de la tercera edad, que en esta temporada de pacientes cuenta con una decena de veteranos del Batallón Colombia de la guerra de Corea y cuatro ancianos con disfunción del habla que no cuentan con una familia que los proteja. La madera cruje de un modo aparatoso bajo los pies, como los pasos sobre el viejo cadalso que asciende hacia la horca y el festín de los buitres de largos y curvos picos, hastiados de endurecidos ojos y de enroscadas tripas. Así crujía la madera mientras subían estas tres figuras al segundo piso, donde en su extremo del ala derecha estaba la hermética y refrigerada sala de laboratorio y autopsia, donde un oscuro milagro había tenido su origen.

– Mierda. Casi se me hunde el pie en esta tabla. Vive floja. Esta mañana iba a martillarla pero se me pasó, incluso dejé el martillo cerca de las gradas para hacer eso después de almuerzo.

Dice don William, quien hace oficios varios desde hace años en el Asilo, mientras señala con la boca el enorme martillo que ha dejado cerca de las gradas junto a su caja de herramientas. Se encarga de los arreglos del lugar, de la seguridad, de la plomería, carpintería, manejo de basuras, etcétera, pero jamás se ha caracterizado por su orden con las herramientas. Mientras terminan las largas gradas, Marina le responde jadeante mientras con un brazo se apoya en el ancho hombro de don William y con su mano retiene su vientre:

– Ay, don William, pero mejor termine de arreglar esta tabla pronto. Las cosas que uno deja de hacer esas son las que terminan fregándole la vida a uno cualquier día.

Ángela María en un par de zancadas ha alcanzado ya el segundo piso y aguza su mirada hacia el fondo del segundo piso, donde brilla con el sol la puerta blanca y metálica de la sala del laboratorio, apenas entornada como un ligero declive del monótono sueño hacia una brutal pesadilla jamás imaginada. El sol entra despiadado por las ventanas de los corredores. Pero hay algo oscuro al final del pasillo. Algo indecible. La puerta de la sala se abre de un golpe, y sale un hombre gateando lentamente, con la boca extremadamente abierta, con los ojos llorosos, salivando como si fuera a vomitar y con las rodillas y los codos empapados en sangre, que intenta incorporarse pero se derrumba contra la pared al frente de la puerta.

– ¿Gutiérrez?, ¿usted está bien???

Pregunta perpleja la morena mientras avanza unos cuantos pasos viendo al practicante desde lejos gatear desde la sala de autopsia hasta la pared.

– ¿Gutiérrez?, ¡levántese por Dios!, ¿dónde está el doctor Ortiz?

Pero su perplejidad se hizo un grito ahogado, apenas secundado por los alaridos de miedo de Marina, su compañera embarazada, que retrocede dos metros y se arrincona contra la puerta de madera de la oficina administrativa. Don William está detenido en la última grada de la escalera como sin entender la situación que de por sí es bien compleja, porque si alguien viera esta escena al revés, únicamente podría pensar en la insistente y extraña metáfora de una roja locomotora a vapor acercándose a toda velocidad desde la puerta de la sala del laboratorio directamente hacia las escaleras: un hombre desnudo o algo parecido a un hombre corría torpemente, casi cayéndose algunas veces, y totalmente empapado en sangre fresca y coágulos inmensos escurriéndole por las piernas y los brazos pero lo más intrigante era…

– ¡Tiene el pecho y el estómago abiertos!

La metáfora de un hombre – locomotora era rematada por el zigzag de sus ondulantes y desgarrados intestinos azules al aire, arrastrándose detrás de él como un oscuro chorro a vapor, con un profundo corte de su pecho y abdomen en “Y”, doblándose los carnosos pliegues de los músculos sobre la piel ensangrentada por las pústulas y la autopsia, mientras levantaba los brazos como un insomniaco que busca su medicamento en la noche para arrojarse en el negado sueño, manteniendo un emblanquecido ojo fijo en la nada y el otro profundo como un abismo y vacío de humor vítreo, pero animado de una vitalidad demoniaca. Bien decía Ray Bradbury, “un hombre puede estar desnudo y también en harapos”.

– Ayúdame. No me puedo mover…

Suena casi en susurro la voz de Ángela María paralizada de nervios, los ojos vidriosos de lágrimas de miedo y las piernas absolutamente estáticas y temblorosas, justo en la mitad del brutal recorrido de la cosa que se acerca por el pasillo, a pasos torpes pero con una convicción de animal de jungla, con una de sus rojas manos estirada al frente y las uñas afiladas como puñales. Los pasos retumban bestiales en el pasillo a pleno sol.

– Ayúdame…

-…

– Por favor, ayúdame amiga.

La bestia cada vez está más y más cerca, y se siente el halo de podredumbre que la rodea como una investidura infernal a un espíritu réprobo despojado de sus cadenas, que maldice a Jesús y que ya jamás caerá en la trampa de encarnar en la piara de cerdos que se arroja del abismo a estrellarse en el acantilado.

– Lo siento, Angie. No puedo…

Se escucha casi de lejos la voz de su amiga Marina, a través de los cristales de la puerta que acaba de cerrar de golpe, mientras cubre su vientre con ambas manos, protegiendo instintivamente la vida que crece en su interior del voraz monstruo que se acerca a escasos metros, dejando a Ángela María a su suerte en mitad del corredor. Marina tiene más de cuarenta años y ha rogado a Dios por un bebé desde hace más de una década, probando todos los métodos para derrotar la infertilidad, y hasta hace cinco meses la tierra seca y árida de su útero ha dado el primer fruto que apenas levanta sus hojas a la vida, y no está dispuesta a perderla por salvar a nadie… Acobardada. Petrificada también. Incapaz de abrir la puerta y salvar a su amiga de un destino atroz. Tendrá que ver así, desde el cristal, el momento exacto en que las largas uñas del furioso cadáver se hunden con una fuerza insospechada en el rostro moreno de su amiga, que abre la boca para gritar pero no tiene aire en los pulmones para hacerlo. No hay peor manera de morir que hacerlo sin gritar. Gritar alivia el miedo.

El cadáver ha clavado dos de su afiladas uñas en ambos párpados de Ángela María rasgando la dura membrana ocular de sus ojos, mientras que sus otras tres uñas se hunden en ambas mejillas cortando de tajo los conductos salivales y el enredado cableado de nervios que permiten la risa y el llanto. No más risa. No más lágrimas. Condenada a ser una atroz máscara de ahora en adelante.

La enfermera casi ciega, aún petrificada y con el rostro lleno de profundos agujeros rojos, recuerda la primera vez que sintió la presencia de la muerte cuando era niña en su pueblo de El Salado, abandonado entre los tenebrosos y tupidos Montes de María, un 16 de febrero del 2000, cuando los paramilitares la sacaron a empellones y golpes a ella, a sus ocho hermanos y a su mamá de la humilde casa, y los sentaron en plena cancha de futbol junto con casi doscientas personas del resto del pueblo. Hombres y mujeres de todas las edades paralizados del miedo, sentados en la gradería, obligados a presenciar un espantoso circo romano, en el cual los “paracos” llamaban a los condenados a su antojo al centro de la cancha, que en cuestión de horas estaría enlodada de sangre y pedazos de carne taladrada. El primero fue un profesor de colegio que era hasta medio tartamudo. Uno de los paramilitares que era alto y negro tomó una larga navaja y le cortó de un golpe las dos orejas y mientras la víctima se llevó impulsivamente las manos a su cabeza de donde corrían dos hilillos de sangre negra, tuvo a bien propinarle más de sesenta secas puñaladas entre el abdomen y las costillas. Las primeras puñaladas eran como puñetazos sobre una fruta fresca, pero las últimas eran como sobre un saco de arena o cemento, porque ya el profesor había perdido casi hasta la última gota de sangre, sin embargo seguía gritando sin parar. Una mujer que iba con ellos tomó una bolsa negra de tienda y le cubrió la cara para ahogarlo, y como no se callaba, el cuchillero sacó su revólver y le voló la cabeza de un solo disparo que llenó la bolsa de líquido gris y pedazos de cráneo. La primera muerte la celebraron los paramilitares con un vallenato de parranda, sacando gaitas, silbatos y acordeones de los jeeps con que habían acorralado la población de El Salado, ahorcando a los campesinos que encontraban a su paso, que pendían como campanas desde las ramas de los árboles de las fincas cercanas, trayendo la podredumbre con las ráfagas de viento frío de la tarde. La fiesta de sangre continúo con una pareja de ancianos, con José Obdulio y el viejo Matías, a cual más viejo de los dos, a quienes los asesinos pusieron a bailar disparando a sus pies, mientras se morían de la risa, y hasta que alguno de los bandidos, un hombre con la cara aguijoneada por la viruela y totalmente borracho, los tomó a ambos de sus cabezas para azotarlos uno contra otro como si fueran un par de cocos, reventando sus cráneos. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete veces hasta que los ancianos tenían los ojos reventados por el impacto y la frente totalmente abierta en mil pedazos. Ángela María apretaba más la mano de su mamá, sin poder creer el espectáculo aterrador que se cernía en el pueblo donde horas antes jugaba golosa con sus hermanos y trataba de aprender las vocales y los números. Pero la sangre despierta en las bestias el gusto por lo profano, y para ese entonces los “paracos” ya habían encontrado a una mujer que creían informante de otro grupo de bandidos, y la amarraban de cara contra un poste, también en la cancha de futbol, mientras la abrían de piernas y la penetraban como demonios resoplando sobre la carne, una y mil veces hasta reducirla a un estado inerte de escombro, silencio y ojos mortalmente abiertos. Más vallenato, más parranda, más alegría. Alguno de los monstruos sugirió traer las motosierras, los martillos, los destornilladores, los serruchos y cuanto pudiera hacer daño. A dedo señalaban a los muchachos de El Salado que iban pasando al centro de la cancha donde domingos antes jugaban futbol, y ahora como en una versión criolla del Infierno de Dante, los paramilitares les templaban sus brazos, piernas o cabezas contra el asfalto para pasarles la moto-sierra con mayor facilidad y dejarlos luego desangrarse delante del resto del pueblo, o los arrojaban a los cerdos que habían salido en estampida de sus corrales, enloquecidos por el olor a sangre fresca y llegaban a disputarse hambrientos los cadáveres del pueblo.

Años más tarde Ángela María sería una de las sobrevivientes de la masacre de El Salado, quien llegaría primero a estudiar a Carmen de Bolívar y finalmente al SENA a estudiar enfermería, y este era su primer trabajo luego de la práctica en un Asilo, donde daba fonoterapias a un grupo de pacientes de la tercera edad hasta el extraño día de hoy, donde iba a encontrarse nuevamente cara a cara con la muerte y traicionada por su compañera de trabajo. No más. Ciega de furia e impotencia, desata toda su ira en un grito que va desde sus pies hasta su estómago y expulsa todo el aire de sus pulmones por la boca seca de miedo, cuando el monstruo con su otra mano libre, anudaba sus dedos en su ondulado cabello y jalaba de un golpe seco quedándose con mechones todavía negros, a pesar de la sangre que manaba incierta y ligera de la cabeza de la enfermera. Cae de rodillas Ángela María pero con una rara convicción de lucidez. No más. No va a soportar una agresión más. No va a tolerar más la muerte así tenga que pagarlo con su vida. No más. Con la poca luz que ya tienen sus ojos agujerados por las uñas, ve de frente el torso abierto del cadáver, de donde escurren azules los intestinos, y con la tenacidad propia de su raza, casi en un impulso frenético por salvar su vida, la mujer hunde sus manos llenas de furia y venganza, empezando literalmente a cavar en su estómago, desgarrándolo y destazándolo, tratando de destrozar cualquier mecanismo vivo en su interior. El cadáver sigue agitando sin parar sus brazos, como una cucaracha a la que se le corta la cabeza y sus antenas no dejan de temblar amenazantes. La morena con sus ojos ciegos y la cara ensangrentada sigue de rodillas reblujando con sus manos todo lo que encuentra entre las costillas del veterano de guerra, mientras éste clava más sus uñas entre los omóplatos de Ángela María arrancando la carne de su espalda y llevándosela a la boca, aún con pedazos de ropa y tragando largos bocados como una gaviota hastiándose de peces en el fangoso mar. Ambos completando un círculo del hambre y la maldad, destrozándose frenéticamente el uno al otro. Cada vez más y más y más y más y más despacio. Cada vez los puñetazos del cadáver son más torpes y sin fuerza. Cada vez Ángela María mueve menos sus brazos como un pugilista que cae noqueado contra las lonas. Al fin queda todo en silencio y sin un solo movimiento. La escena es dantesca: una mujer arrodillada empapada en sangre y un cadáver desnudo encima suyo con las manos enredadas en su cabello, y a su alrededor un pantano de entrañas y sangre a medio secar.

Una voz pregunta tras el cristal, ahogada de miedo y cobardía, mientras sostiene su inflado vientre:

– ¿Está muerta?…

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