LÁZARO

Capítulo 7

– Don Aguirre, esa vaina es la luz. Cojan todas las chaquetas y cobijas y tapen las ventanas. ¡no debe entrar más luz!

Grita el enfermero Carlos Alberto en el asiento de atrás de la camioneta, mientras el ingeniero Aguirre conduce lo más rápido que puede por las sinuosas carreteras empolvadas que atraviesan las amplias fincas y veredas de las afueras de Bogotá, en Cundinamarca. De lejos se ven las montañas altas y coronadas de una neblina cada vez menor ante la presencia del ardiente sol ya casi canicular del medio día que se acerca. La familia Aguirre se encuentra más allá del pueblo de Chiquinquirá, casi a cinco horas en carro del Asilo. En el mejor de los casos estarán llegando al anochecer. Nadie cuando sale de paseo se imagina la tragedia que está por suceder, y menos esta clase de calamidades.

– ¿Papá, tú sabes qué le pasa al abuelito?

Alfonso entre dientes y apenas mirando a su hijo desde el retrovisor le responde un seco “no sé”. Como un animal de subsuelo al que la luz le hiere, el anciano está en el asiento trasero de la camioneta que avanza a toda velocidad, recogido contra sí mismo, abrazando sus piernas contra sí mismo, casi en un misterioso estado fetal. Como alguien naciendo de sí mismo. Pero de un modo monstruoso y aterrador. Las manos apretando con temblorosa furia sus rodillas, como si fueran garfios cubiertos de verdes venas a punto de estallar. El cuello arqueado hacia atrás, como queriendo vomitarlo todo, como queriendo vomitarse a sí mismo. Un espectáculo oscuro, como el de un planeta muriendo y renaciendo a la vez, en un doloroso e insoportable proceso de involución. Casi totalmente a oscuras por las cobijas y chaquetas contra las ventanas de la camioneta, apenas la luz necesaria para poder conducir. El enfermero Carlos Alberto no para de tomarle signos vitales, como tratando de entender un álgebra extraído de otra dimensión o unos caracteres soñados por los locos o los muertos para no ser entendidos. Apenas exclama:

– Señora Aguirre, por favor alcánceme un pañuelo seco. Está babeando por cantidades.

De la boca enteramente abierta, como un milenario caimán dormido en las aguas del Magdalena, escurren unas largas babas sanguinolentas, que se mezclan con su camisa leñadora. La situación no puede ser más incómoda y a la vez menos folclórica: una camioneta con las ventanas enteramente tapadas por chaquetas, el conductor esquivando el tráfico pesado, la esposa revisando una y otra vez los medicamentos que se ha tomado durante el día de hoy para encontrar la causa de esta situación, y en el asiento de atrás un hombre de casi ochenta años recostado en posición fetal muriendo entre bolsas de sándwiches, papitas y gaseosas, ante la mirada atónita de su único nieto y la preocupación desesperada del enfermero. A cada lado de la carretera se ven las fanegadas de papa sabanera que resplandecen blancas con el sol, cerca de la falta de las majestuosas montañas están las fincas con ganado y sus amplios pastizales, y arriba casi en las cumbres las últimas casas de los campesinos perdiéndose entre los árboles y las rocas que a veces son enormes canteras y despeñaderos que de lejos parecen de colores ocre y naranja.

– Carlos Alberto, ¿pero qué puede tener mi papá?, ¡estaba bien hace unas horas!, ¿qué sucedió?, ¿qué medicamento le dieron?

De verdad que el anciano parecía un prehistórico volcán erupción: la piel llagada de oscuros y rojos redondeles que no paraban de sangrar y abrirse como pústulas o extrañas flores de mundos de pesadilla, desatándose en pétalos violetas con serpentinas carmines, abriéndose en la carne, casi desde la entraña misma del anciano. En sus manos, en sus brazos, las piernas. Como si algo barboteara desde adentro, expulsando lentamente todo su líquido vital. Y los dientes rechinando estruendosamente, aserrándose unos a otros, como una boca devorándose a sí misma. Igual a un animal con rabia, dejaba escurrir espumarajos blancos de la boca, o incluso, parecía un violento y antiguo volcán a punto de hacer erupción de un momento a otro.

– No sé, lo único que tengo claro es que no soporta la luz, le hace daño. ¡Y el sol cada vez es más fuerte, y toca llegar al Asilo!

Y más despiadado. La vegetación brilla esmeralda y corrompida con el sol que avanza implacable en su marcha sobre el horizonte, como una bola de fuego, clavando sus rayos en las hojas verdes de mil tonalidades y descendiendo hasta las profundidades del agua sinuosa y oscura, que burbujea espesa y fétida, en los pantanos de la campiña, desatando ligeros vapores brillantes y malsanos, que con la tenue brisa y el sol, parecen mariposas fantasmales y doradas, revoloteando con sus alas abiertas. El carro avanza rápidamente por la pedregosa carretera de Boyacá hacia Bogotá, en una autopista casi azul por el sol perpendicular que resplandece a pleno verano. Las flores estallan rojas y venosas como sangre, como repletas de un incontenible verano. La savia asciende espesa y anormal por tallos y raíces, casi impulsada por los desesperados latidos del mundo que agoniza bajo el sol, y las hojas brillan y tiemblan de un modo nunca visto, dándole un aspecto monstruosamente vivo a las plantas y los árboles. Incluso las humildes casas de los campesinos encumbradas en las montañas adquieren una malévola autoridad, recordando que tras esas maderas viejas y esos techos se encuentran secretos más profundos de brujería rudimentaria y paganismo, que únicamente delatan nuestra raza indígena que no se ha dejado permear enteramente del catolicismo, y aún rinde soterrados cultos de sangre y cosechas a oscuros e innombrables dioses pre hispánicos. Y a lo lejos se ven las reses hundiendo su cabeza en las aguas tibias de los pequeños tanques para agua-lluvia para disipar la infinita sed. También se hunden…

– ¡Ténganle las manos a ese hombre! ¡Se está clavando los dedos en el cuello!

– ¡Papá!, ¡papá, el abuelo se está ahorcando!

– ¡Don Aguirre, le voy a atar las manos a su papá con mi correa porque se va a hacer daño!, ¡esas uñas cortan como navajas!

Como respondiendo a un llamado sin palabras, a un grito inaudible de la naturaleza, el anciano abre los ojos grises, como entrando a un estado de lucidez, y trata de clavarse las uñas en su cuello, animado por una fuerza inhumana. Las uñas se hunden en la carne y las venas, como los picotazos curvos de un buitre apuñalando el abdomen fresco de un ahorcado. El asistente enfermero trata de sostenerlas con fuerza para amarrarlas, pero ellas revolotean desesperadas y sin orden alguno, como las largas patas de una tarántula que ha sido herida mortalmente y está decidida a no ser una presa fácil. Muy lentamente y con las manos atadas, el anciano empieza a calmarse. El sudor frío de la fiebre escurre por las sienes y los cabellos desteñidos del anciano; la boca enteramente abierta como en la mueca de un grito cansado y mudo. La luz del sol empieza a hacerse tenue y débil por las nubes que lo cubren como mortaja. Bajo la sombra, el mundo vuelve a respirar.

– Mi amor, Alfonso, en un par de horas vamos a llegar al Asilo, yo creo que tipo ocho de la noche, ¿verdad, Carlos Alberto?

– Qué raro… nadie me contesta en el Asilo. Ni en el fijo o en los celulares…

Alfonso mira una vez más por el retrovisor a su papá y como si mirara por el espejo hacia un pasado remoto y apenas olvidado de su infancia. Nuevamente recuerda las tardes en la casa del barrio San Luis cuando regresaba del colegio distrital, a veces golpeado por sus compañeros, con los cuadernos rayados, y con hambre y cansancio, a abrazar a su mamá en el cuarto cada vez más demacrada y fantasmagórica por el cáncer que la devoraba desde adentro, como una presencia invisible pero por ello no menos voraz, que como a una muñeca de trapo le iba arrancando uno a uno los mechones de su antes largo cabello, adelgazando sus labios, borrando sus cejas como un extraño pincel y desapareciendo el brillo de sus ojos, como si la muerte la maquillara para confundirse con la nada y el vacío. Alfonso siempre sintió que su mamá se estaba haciendo un fantasma en vida, así como una gota de agua se evapora al amanecer o un sueño se diluye en el imposible olvido. Pero su papá, ¿en qué se estaría transformando? De pronto Pipe, su hijo, lo distrae con una pregunta suelta, sin dejar de mirar a su abuelo, a su héroe caído, apretando con una infantil esperanza la medalla de guerra con la cruz púrpura, hablando casi en susurro, con el rostro enteramente a oscuras por las cobijas y chaquetas que tapan por completo la luz al interior del carro.

– Papá, ¿tú crees que el abuelo se pondrá bien cuando lo llevemos?

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