TRECE AQUELARRES

31 DE OCTUBRE EN LOS LLANOS

Como un raro intercambio del cielo y el infierno,

Caen las últimas gotas de la tempestad en los Llanos,

Mientras se levantan los vapores fantasmales

Del burbujeante, ardiente y negro caldero que atizan

Un par de cadavéricas brujas ocultas en los morichales,

Envueltas en largos y rotos sudarios negros,

Desde donde se adivinan sus ojos vacíos de luz y piedad,

La carne envilecida y rota, enferma y hambrienta.

 

“Dulce artemisa absinthium, estrella del apocalipsis,

Amargura de las aguas de la tierra de las bestias.

Ramas de acacia que construyeron el Arca,

Durante los años en que Dios pidió perdón al Hombre”.

 

Imponente y silencioso como un mausoleo en bronce,

Un Señor Oscuro se asienta sobre las piedras y el fango,

Derramando sus decenas de largas piernas membranosas,

Como una inmensa hidra en reposo guardando su veneno.

Mira con sus ojos antiguos el caldero oscuro de las brujas,

De donde a veces se asoman pedazos de pequeñas manos,

Como rojos y descarnados peces respirando fuera del agua.

La tempestad ya es solo un vapor en la noche de los Llanos.

 

“Agria flor de Azahar que curas insomnios y revives pesadillas.

Mangrágora autumnalis que abres los párpados a los muertos.

Moscas, arañas y cucarachas, que heredarán las ruinas del Edén”.

 

A las 3 am, un llanto infantil como de gato a punto de morir,

Corta la sinfonía del aleteo seco de los arucos entre los árboles,

Y las risas ahogadas de las pavas ocultas en los fangales.

Alguna bruja dirige lentamente su larga cabeza de buitre,

De ojos ciegos y olfato presto al vino de la arteria,

Hacia un bebé moreno y desnutrido, que llora en el suelo a pocos pasos.

Un estremecimiento recorre la imposible anatomía del Señor Oscuro,

Cuyas alas se recogen y abre los extremos dentados de sus tentáculos,

Como salivando su boca doble y circular para recibir el noble alimento.

 

“Dulce artemisa absinthium, estrella del apocalipsis,

Amargura de las aguas de la tierra de las bestias.

Ramas de acacia que construyeron el Arca,

Durante los días en que Dios pidió perdón al Hombre”.

 

La segunda bruja estira su mano de largas y quebradas uñas,

Atizando el caldero, rebosante de entrañas humanas y raras hierbas.

Con la altura de las notas de un destemplado violín,

El bebé llora con toda la fuerza de sus pulmones nuevos,

Acallando por instantes los rebuznos infernales de las mulas,

Enloquecidas por el vendaval que desciende de los Mundos Antiguos.

Hasta que una de las brujas asesta una brutal pisotada sobre el cráneo,

Estallándolo como una flor de agua, en una constelación de sangre,

Impregnando una rara pezuña que parece de reptil o de caballo.

Como una hoja sin peso, la mujer levanta en el aire al infante muerto,

Para arrojarle directo a las aguas sin retorno del caldero.

 

“Agria flor de Azahar que curas insomnios y revives pesadillas.

Mangrágora autumnalis que abres los párpados a los muertos.

Moscas, arañas y cucarachas, que heredarán las ruinas del Edén”.

 

La lejanía de los morichales trae el llanto fresco e inconsolable,

De las madres que no encuentran a sus hijos esta noche.

Como una letanía de un Egipto que amanece sin primogénitos.

Como una letanía de una Jerusalén que atardece con crucificados.

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