TRECE AQUELARRES

EL CAMINANTE DE LOS CIELOS

Había un Cristo que vagaba por los desiertos

Y la luz atravesaba los huecos de sus manos.

Cubría su rostro cadavérico y coronado de espinas

Con la amplia capucha de su túnica púrpura.

Hordas de fieles le seguían desde lejos y a distancia

Esperando con ansia un milagro suyo.

A veces por piedad escupía en los ojos de un fiel

Cegándole para no ver un mundo decadente.

A veces imponía sus manos sobre los vientres

Embarazados para darles a parir langostas o monstruos

Que es mucho mejor que parir hombres o mujeres.

Había un Cristo que deambulaba por escarpados valles

A lomo de mula donde los abismos son compañía.

Y llegaba a pueblos para bañarse en sus ríos y fuentes

Dejando su sangre manar de las heridas de 40 latigazos

Convirtiendo el agua en leche de víboras y alacranes.

En las calles lo recibían con ramas de olivo

/ que se incendiaban ante su presencia.

De los balcones soltaban palomas blancas

/ que caían muertas a sus pies.

A veces introducía su mano

/ en su costado abierto por la lanza romana

Para darles de comer arena a los sedientos.

A veces susurraba una palabra o dos

En el oído de los niños y niñas

/ que se sentaban en sus piernas.

Para regresarlos pronto al reino de los muertos

/ con el alma incorrupta de carne.

Había un Cristo que caminaba sobre el oleaje

De pie avanzaba sobre furiosos mares

Le seguían tres carabelas afiladas como espadas

Le rezaba un continente enfermo de viruela y fiebre.

Tenía por costumbre devorar al Dios

/ que le abría las puertas de su casa.

Para despojarle de su rostro y mentir con su lengua.

Había un Cristo que convertía las palabras en niebla

Para que una misma palabra

Significara guerra o amor, cielo o muralla

Para que una misma metáfora

Significara pobreza o riqueza, infierno o liberación.

A veces en la noche invocaba los fuegos de Pentecostés

Que se posaban sobre quienes le seguían

Para hablar con palabras más retorcidas aún

/ como de predicador o de serpiente.

Había un Cristo que avanzaba como faro de luz

Entre cementerios y fosas comunes

Llamando a los muertos con su voz de trompeta

Para renacer del sepulcro oscuro

Para despertar del sueño eterno

Para arrasar con el pan y la sal de los vivos

Y los muertos le seguían por millares

/ como moscas embriagadas de rancia miel.

Había un Cristo que derrumbaba imperios

/ para construir sólo pobreza y desiertos.

Había un Cristo que daba calor al mundo

/ con antorchas y hornos con mil gritos.

Había un Cristo que con su paz

/ fustigaba guerras, inquisiciones y cruzadas.

Había un Cristo que escribía su evangelio

/ con fuego de bibliotecas y lenguas cortadas.

Había un Cristo que guiaba a su rebaño

Mientras los lobos besaban sus manos huecas.

 

 

 

 

 

 

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