TRECE AQUELARRES

LA BALADA DEL NIGROMANTE

El antiguo mundo del Mal tiene fronteras  invisibles,

Que se fusionan con las calles y la cotidianidad de los vivos,

Como un silencioso y oscuro veneno que se confunde con la sangre,

En el laberinto de las venas y arterias de las ciudades y los hombres.

Hay una derruida calle en Bogotá por la que no me atrevo a caminar,

Perdida entre talleres viejos con puertas destartaladas y postes sin luz,

De un innombrable barrio del sur, con caminos todavía sin pavimentar.

 

Allí hay una casa de una sola planta, achaparrada y de jardines muertos,

De vidrios rotos en sus dos ventanas, como ojos cerrados a puñaladas,

Con extrañas matas que crecen en frascos de vidrio y oxidadas latas.

Como en una olvidada tumba, nada se escucha en esa casa durante los días.

Como en una olvidada tumba, un remedo de vida se agita odioso en las noches.

Siempre a las 3 am, las ventanas se iluminan como débiles luciérnagas,

Proyectando las endiabladas luces de dos lámparas que prende una anciana,

Sobre una amplia mesa de coser, de vieja y agrietada madera color caoba.

 

Con la precisión de un insomniaco o de un reloj infernal sin cuerda ya,

La demacrada y encorvada mujer de cabellos grises revueltos y ojos hundidos,

Abre un libro de tapas y lomo color piel, con gastadas hojas amarillas,

Que guardan imposibles trazos euclidianos y fórmulas matemáticas,

Como trazados con las afiladas patas de la mosca y el compás del ciempiés.

La lectora repasa las hojas con sus retorcidos dedos hasta dar con la elegida.

Apenas despegando sus  labios, inicia una profunda y grave salmodia,

Que se repite una y otra vez, como el murmullo de un escarabajo carnívoro,

Presto a desmembrar a su presa en las entrañas salitrosas de la tierra.

 

El antiguo mundo del Mal tiene fronteras  invisibles,

Que se fusionan con las calles y la cotidianidad de los vivos,

Hay una derruida calle en Bogotá por la que no me atrevo a caminar,

Perdida entre talleres viejos con puertas destartaladas y postes sin luz.

Sin dejar de repetir la salmodia, el decrépito demonio  de cabellos grises,

Que se agitan como un bosque de ceniza con el viento de la noche,

Se levanta con una lámpara en la mano, de la mesa a la cocina.

En el tembloroso vaivén de la débil llama, como el pulso de un fantasma,

Se iluminan torvamente las quebradas paredes de la sala,

Dejando ver descoloridas fotos de varias edades de una misma niña.

Bautizo. Primer diente. Triciclo en el parque. Princesa en Halloween.

Jardín infantil. Con muñeca en el columpio. Diciendo eternamente adiós.

Y pegado en la nevera un retazo de periódico de hace treinta y dos años,

Sobre la violenta desaparición de una niña y un atormentado captor.

Sobre la inexplicable liberación del asesino y la repentina locura de la madre.

Con los ojos vacíos de humanidad, sin el menor atisbo a duda o perdón,

La harapienta mujer abre con su mano la nevera, como un sagrado cofre,

Para extraer la cabeza muerta y casi azul de un hombre joven,

Servida en una escarchada bandeja de plata como san Juan Bautista.

 

Con el trato de un exótico manjar, la nigromante dirige la cabeza a la mesa,

Entronándola entre ambas lámparas de aceite y el abierto libro.

Como las largas y endebles patas de una gran araña muerta,

Así escurren los cabellos del decapitado, que no paran de crecer con la muerte.

La mujer abre un frasco de vidrio, a medio llenar con un líquido negro,

Con sangre de res, sapo negro, acacias, semillas y tierra de cementerio,

Donde flotan sin orden, largas agujas, botones arrancados y oxidadas monedas.

Vierte, entonces, una cucharada en la boca perpetuamente abierta del decapitado,

Mientras en su oreja fría susurra un par de largas, antiguas y oscuras palabras,

Una y otra vez, como un telégrafo que comunica dos orillas separadas por la vida.

Una y otra vez, como el parpadeo de una luciérnaga llamando a otra en la noche.

Hasta que se hacen rojas las venas de la pálida y descompuesta cabeza,

Como si esa cucharada de sangre la reviviera por dolorosos instantes,

Obligándole a abrir sus correosos y pesados párpados,

Descubriendo unos ojos inyectados de dolor, como blancos planetas muertos.

 

Lentamente con sus pupilas deshechas, el cadáver recorre con su mirada

La sala que ha sido su prisión de torturas durante treinta y dos años.

Como un tartamudo, tiemblan sus labios intentando pronunciar

Una palabra de perdón, de arrepentimiento o de piedad.

Nuevamente la anciana acerca su boca maldita a la oreja del condenado,

Vocalizando perfectamente cada palabra, cada sílaba, cada acento,

Mientras las lágrimas brillan en los ojos muertos de su prisionero,

Al hablarle con la autoridad de un antiguo y sabio demonio:

“No. No soltaré las amarras de este barco cargado de sufrimiento.

No. No cortaré el cuello de esta implorante ave sin alas.

Cada noche repetiré esta y cuantas formas haya de morir.

Porque nunca abriré la puerta de la muerte al verdugo de mi hija”.

 

El antiguo mundo del Mal tiene fronteras  invisibles,

Que se fusionan con las calles y la cotidianidad de los vivos,

Hay una derruida calle en Bogotá por la que no me atrevo a caminar,

Perdida entre talleres viejos con puertas destartaladas y postes sin luz,

Donde pasan las noches en vela, una vieja nigromante y su cabeza trofeo,

Entre imprecaciones y torturas, que cesan con las primeras luces del amanecer.

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